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La música, siempre

La banda sonora de una vida

Hace unos meses, el guitarrista chicano Carlos Santana señalaba en una entrevista que, cada vez que salía de gira y llegaba a la habitación de un hotel, lo primero que hacía era abrir las ventanas y poner a todo volumen “Love Supreme”, la obra cumbre de aquel inmenso saxofonista que fue John Coltrane, para, así, expulsar todas las malas vibraciones y energías negativas que pudieran existir en la estancia. El que les escribe no llega a tanto, pero sí es cierto que la música siempre ha estado presente en todos y cada uno de los momentos importantes de mi vida, como si de una banda sonora se tratara. Y así, puede que no recuerde lo que hacía tal o cual día señalado o donde me encontraba cuando aconteció algún suceso importante, pero de lo que si estoy seguro es de la música que estaba escuchando. Recuerdo así, que el día de mi boda, dos horas antes de acudir a la iglesia, en el tocadiscos sonaba mi adorada Billie Holliday; y que el día que nació mi hija, lo primero que hice al llegar a casa fue escuchar “Isn’t she lovely?”, aquella canción que compuso Stevie Wonder para celebrar el nacimiento de su hija Aisha y que abría su triple álbum de 1976, “Songs of the key of life”, uno de los discos más impresionantes de la historia de la música. En mi época de estudiante universitario, cuando mi economía digamos que no era muy “boyante”, la práctica totalidad de mi escaso peculio se me iba en libros y en vinilos. Aún recuerdo, con una punzada de nostalgia, la maravillosa sensación de entrar en mi tienda de discos preferida y tomar, como si del Santo Grial se tratara, aquel vinilo que llevaba días escuchando en la radio y que al fin podía comprar. Y luego, ya en casa, cuando colocaba la aguja sobre el disco y con la funda en mis manos, iba desgranando todos los temas de la cara A y de la cara B, era el hombre más feliz del mundo. Años después llegaron los CDs, mucho más sofisticados y con mejor sonido, pero ya no era lo mismo; y ello porque en el formato de vinilo tan importante era el contenido, como el continente. Así, frente al frío y duro plástico que envolvía el disco de CD, las portadas de muchos de aquellos vinilos eran auténticas obras de arte. No en vano he pasado horas y horas contemplando la carátula del LP de 1985 “Our Favorite Shop”, de los británicos “The Style Council”, mientras de fondo sonaba la voz maravillosa de Paul Weller, acompañada por el inconfundible sonido del teclado de Mike Talbot. Una portada, aquella, en la que los dos integrantes del grupo hacían inventario de todos sus gustos y preferencias; y así aparecían rodeados de libros, pósters de películas (la lujosa “Another Country” del director Marek Kanievska) y sofisticadas prendas de vestir, con esa imagen tan “cool” que, muchos de los que éramos adolescentes por aquella época, intentábamos infructuosamente imitar. Lo cierto es que, en materia musical, mis gustos son eclécticos y han ido evolucionando con la edad. Así, en la “playlist” de mi móvil tienen cabida las canciones de gente tan variopinta como Miles Davis (¡Dios mío, esa trompeta en “Kind of Blue”!), James Taylor (la sensibilidad hecha canciones), Ella Fitzgerald (su voz, un instrumento musical más de la orquesta), Frank Sinatra (el “Viejo Ojos Azules”, maestro de todos los “crooners” que en el mundo han sido), “Eurythmics” (¡esos ojos y esa voz de Annie Lennox!), Françoise Hardy (con esa belleza suya tan andrógina y tan distante), Carole King (¡cuántas veces habré escuchado su “Trapestry”!), o “Los Locos” (pura nostalgia de mi juventud en el bullicioso Gijón de los 80), junto a muchos y muchos más; y por encima de todos ellos reina Lady Soul, Su Majestad Aretha Franklin. Por eso, en estos tiempos de zozobra, cuando la vida les golpee tan fuerte que lleguen a pensar que no pueden seguir adelante, hagan como yo y al llegar a su casa, cierren los ojos, respiren hondo y piensen que, como cantaba el tantas veces llorado George Harrison, “la oscuridad se queda sólo en las noches y en la mañana se desvanecerá”, ya que, al fin y al cabo, “All Things must pass”.

P.D. Mientras escribo estas líneas, de fondo está sonando “Just the way you are”, del neoyorquino Billy Joel; la más bella declaración de amor jamás escrita a una mujer.

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