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Carmen Martínez Fortún

Gloria mundi

El abandono de la política de Pablo Iglesias

Hace algunos días se alzó con el cetro de las portadas la nueva imagen de Pablo Iglesias, en modo intelectual y relajado, de frente y de perfil –mucho más interesante– con un libro en las manos y por primera vez desde hace tiempo sin el ceño fruncido. En las redes hubo desde los que admiraban su capacidad de ser noticia a los que deploraban que su visita al peluquero importara a nadie. (No sé por qué no va a importar su peinado si el de Letizia es siempre trend, la verdad). También llenaron los chats imágenes paralelas del exvicepresidente y un joven y mucho más atractivo Stalin –donde todavía no había dado rienda suelta a su talante psicópata–, en la misma pose y con un peregrino parecido, lo que movía a agudos observadores a preguntarse si las semejanzas de haberlas, que las había, eran casuales o intencionadas.

“Sic transit gloria mundi” fue la locución latina que los pesimistas barrocos elevaron a máxima de vida, mientras la plasmaban en esos formidables cuadros de Vanitas, que Valdés Leal convirtió en arte eterno y que muestro en clase de Literatura para ilustrar el siglo XVII. Y mientras se admiran del tenebrismo del artista, a la vez grandioso y sobrecogedor para sus ojos tan jóvenes, reflexionan sobre la fugacidad de las cosas mundanas y la pérdida del poder, o lo que alguno de ellos, muy listo o muy gamberro, ha acuñado con eso tan castizo de que a todo cerdo le llega su San Martín.

Una, por su parte, al considerarla hecatombea la que parece abocada la política española, con su espeluznante deuda –que es que salimos a 29.000 euros cada uno–, considerar las ominosas imágenes de esos migrantes intentando alcanzar esta dudosa tierra prometida, azuzados –se dice– por sus gobernantes para castigar a los nuestros, reparar en el eterno bucle catalán o conocer el nuevo escrache padecido por la mujer del dimitido –que eso tiene que parar–, comprende que al hombre se le haya quitado el ceño y hasta su espantada comprende. Y es que el poder, con todo su oscuro atractivo, es más bien un soberbio castigo. Mucho mejor la aurea mediocritas.

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