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Susana Solís

Futuro Europa

Susana Solís

Eurodiputada asturiana por Ciudadanos

Vacunación global: lo que hay detrás de las palabras

A pesar de la buena noticia que implica la aceleración progresiva de la vacunación en España y en Europa, no podemos perder de vista que la pandemia a nivel global está aún lejos de terminar. Y no acabaremos con ella hasta que la mayor parte de la población mundial no esté vacunada. ¿Hace falta decir de nuevo que las vacunas son la herramienta más poderosa para garantizar la salud pública? Nunca está de más, porque nos ayuda a entender que hay que seguir haciendo enormes esfuerzos para poder desarrollar y estudiar otras vacunas covid-19 con el fin de aprobarlas y distribuirlas lo antes posible.

Viene esto a cuento porque hace un par de semanas, el presidente de EE UU, Joe Biden, se pronunció a favor de renunciar a las protecciones de propiedad intelectual para las vacunas contra el coronavirus. Las declaraciones desencadenaron un debate internacional que también llegó al Parlamento europeo. El hemiciclo se dividió, con opiniones muy encontradas.

¿Qué tenemos todos claro? Que es necesario vacunar a la mayor parte de la población mundial, y no solo a la europea, en el menor plazo de tiempo posible. No hay otra opción. Solo así podremos volver a la ansiada normalidad sanitaria, social y, en consecuencia, económica. Este objetivo común de todos los países europeos ha llevado a que se exportasen más del 40% de las vacunas que hemos producido en la UE, gran parte a países en vías de desarrollo a través de la iniciativa COVAX.

Yo quiero subrayar aquí el cinismo de la postura norteamericana, que nos empuja al debate de la liberalización de las patentes –que son propiedad de las farmacéuticas que las producen– cuando EE UU, aun contando con un excedente de millones de vacunas, no ha dedicado ni una sola a la exportación.

Para colmo, creo que es un debate estéril. La exención de las obligaciones de la patente, por sí sola, no aumentaría el suministro mundial de vacunas. Reproducir una vacuna, que se compone de 200 ingredientes que proceden de una decena de países distintos, debe ir acompañado de un proceso de transferencia de tecnología. Además, EE UU controla con mano de hierro la exportación de componentes básicos de la fabricación de vacunas. Queda muy bien la frase liberalizar las patentes, pero, hoy por hoy, eso equivaldría a ofrecer una receta simplificada para un plato muy elaborado. Si no se conocen las técnicas y los procesos, de poco sirve. No es tan sencillo fabricar vacunas.

Lo que hace falta es que los titulares de las patentes aporten conocimientos, tanto a nivel personal como tecnológico. Y este proceso puede tardar como mínimo medio año. Por lo tanto, no es una solución no viable a corto plazo.

Por último, si se levanta la protección de la patente se corre el riesgo de generar un serio problema de incentivos que puede limitar la innovación y las inversiones en futuras vacunas. Las empresas farmacéuticas, especialmente las pequeñas, como BioNTech, han asumido grandes riesgos que les han llevado a sufrir pérdidas en el último año. Si se liberalizasen las patentes, el mensaje que enviaría la UE es el siguiente: cuando fallas estás solo, pero cuando aciertas, no tienes derecho a beneficiarte.

La solución no es que Europa se quede de brazos cruzados. Necesitamos alguna opción que no sea ingenua ni cínica. Con las cadenas de suministro ajustadas al máximo de capacidad, en el momento en que falle un solo de los componentes/ingredientes falla toda la cadena. Las soluciones simplistas no son una opción: crean más dificultades de las que resuelven. No tenemos un problema de propiedad intelectual, por muy bien que eso suene en oídos inocentes: lo tenemos de desigualdad de acceso a las vacunas, de restricción de ciertas exportaciones y de producción y suministro.

Lo que necesitamos es fomentar las licencias voluntarias de producción, como la que se otorgó a India, y fomentar la cooperación para que haya más centros de producción como el que próximamente tendremos en España. Lo que hace falta es un plan global para maximizar la capacidad de producción y facilitar la exportación de vacunas, mientras se atajan los cuellos de botella en la cadena de suministro.

Para acelerar el suministro de la vacuna, que es la clave del arco global de salud, deben aumentarse los esfuerzos para promover inversiones en la propia cadena de producción, con el fin de aumentar el número de dosis. Es crucial insistir también en la eliminación de las restricciones existentes de facto a las exportaciones en Estados Unidos o Reino Unido, que se traducen en un lamentable nacionalismo de vacunas. Ni Washington ni Londres, a diferencia de la UE, han exportado ninguna vacuna a países en vías de desarrollo. Un ejemplo más del que podemos sentirnos orgullosos de ser europeos.

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