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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

Treinta años y un destino

La OSPA rinde tributo a Julián Orbón, fallecido el año de la refundación de la orquesta

Para el programa “Primavera IV”, la OSPA quiso rendir un sentido homenaje a la figura de Julián Orbón en forma de doble efeméride, pues si bien el pasado viernes se cumplían justamente 30 años de su fallecimiento, también este mismo mes se ha conmemorado el trigésimo aniversario de la refundación de la Sinfónica asturiana, una circunstancia muy apropiada para programar obras del compositor avilesino prácticamente olvidado en nuestro país, como demuestra el hecho de que la “Partita nº4” haya sonado por primera vez en nuestra región con estos conciertos de la OSPA en Gijón y Oviedo.

La ejecución de esta “Partita nº 4: Movimiento sinfónico para piano y orquesta” dejó unas atmósferas muy logradas que transitaron de lo más misterioso y oscuro a los pasajes de júbilo y alegría exultante, con solista y orquesta concentrados en un volumen muy cuidado y fundiéndose juntos en los luminosos compases del compositor avilesino. Bastante precisos en una obra rítmicamente compleja, Noelia Rodiles supo enfrentar los pasajes, técnicamente complejos, de la parte central de la Partita, siempre bien arropada por la OSPA, muy celosa de extraer la sonoridad adecuada y primando la riqueza tímbrica de las diferentes secciones. La expresividad llegó a su punto culminante en la invocación del motete de Tomás Luis de Victoria “O magnum mysterium”, que salpica y vertebra toda la partitura, floreciendo en las maderas y dejando madurar la melodía en el piano, siempre con elegancia y emotividad.

Si con esta obra, una pletórica y motivada Noelia Rodiles, revivió al hijo (Armando Orbón), con la propina (“Rapsodia asturiana”) hizo lo propio con el padre, Benjamín Orbón. Pieza muy atractiva y sugerente que cuenta con el poso del folclore tradicional, tamizado bajo las formas de una estética moderna que no fue obstáculo para percibir con nitidez algunos temas populares, conformando unas páginas difíciles pero llenas de vitalidad y frescura.

Cerraba el programa la “Sinfonía número 2” de Sibelius, en cuyos primeros movimientos seguramente faltó un sonido algo más compacto y poderoso, pero donde se demostró que Pablo Rus tenía las ideas muy claras, moviendo a la OSPA con habilidad y sentido. El vivacissimo supuso un punto de inflexión, con unas maderas que rindieron a gran nivel y donde la orquesta asturiana supo crecer poco a poco hasta conformar el ambiente ideal en el forte para dar paso al Finale: allegro moderato, en el que un punto más de calma no habría venido mal para aportar mayor peso al movimiento y lucir un dramatismo más pesante y rotundo. Sin embargo, la agrupación del Principado estuvo muy segura explotando todo el lirismo que posee el último número de la obra del compositor finés. Rus dio mayor rienda suelta a la orquesta y se percibió a una OSPA muy firme en el carácter, con un buen juego de volúmenes y un amplio abanico de dinámicas.

En resumen, una Sinfonía que fue de menos a más pero que, en líneas generales estuvo interpretada de forma correcta, con una orquesta a buen nivel, un director de ideas claras que funciona adecuadamente con la OSPA y una recuperación de un compositor asturiano a manos de una de las mayores expertas en su obra, asturiana también, cuya programación debemos valorar muy favorablemente pues se trata, ni más ni menos, que de nuestro propio patrimonio.

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