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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Trileros de cubilete

El departamento de marketing y maquillaje de Moncloa acaba de prepararle a Sánchez una sesión cosmética y afeites para mantener hasta 2050, impoluta, su cara bonita en el espejo mágico de la madrastra de Blancanieves, que es cóncavo como el del callejón del Gato. Al Gobierno del esperpento le crecen los enanitos en las fronteras internas y exteriores, tal que le conviene un baño de emulsiones, lociones y geles. Nace así el nuevo programa socialista para una segunda Transición, un regate cínico de trilero de cubilete.

El potingue, abundante de pintura y colorete, se convierte, a treinta años vista, en una mascarilla de hormigón armado. Hay que tener la cara dura para evadirse del presente incierto y situarse, por elevación, en un escenario de asombrosos futuribles.

Los augures del Presidente le recomiendan que abandone el cortoplacismo reinante para situar su futuro político en el territorio gaseoso de la quimera, en el enclave de la elucubración a la que solo se llega por la senda de la adivinación y del horóscopo.

Sitiado por un presente impensado y un medio plazo impredecible para los que no acierta a encontrar propuestas ni soluciones, fía Sánchez su fortuna a la ruleta de un futuro de seis lustros. Opta el jefe del Ejecutivo por el largo plazo, lo cual supone innumerable temeridad en un país que ha sufrido como ninguno de su entorno el azote cuantioso de la pandemia.

El asesor Redondo acaba de sacarse de la chistera un número imprevisto de prestidigitación para intentar cuadrar el círculo sanchista en el diámetro de una bola esférica de maga zíngara. Ver veremos las cartas del tarot, pero de todo lo que dijo el Presidente en su puesta en escena de salón de belleza solo queda una intuición venidera: nos van a freír a impuestos. Eso sí, con vaselina.

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