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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

La pérdida de la voluntad

Cada vez renunciamos más a tomar decisiones y las dejamos en manos de las máquinas

La pérdida de la voluntad

El Ministerio de Sanidad, con la anuencia de las comunidades autónomas, ha decidido trasladar al ciudadano la toma de una gran decisión. Una decisión trascendental y que requiere de conocimientos de los que el común de los mortales carece. Los menores de 60 años que hayan recibido la primera dosis de la vacuna de AstraZeneca pueden elegir qué marca prefieren para la segunda. ¿Repetir con AstraZeneca o pasarse a Pfizer? Lo que, sin duda, hubiera sido una gran noticia –dar el poder de decisión al ciudadano– se ha convertido en motivo de zozobra para muchos de ellos. Cada vez tenemos menos capacidad de decisión, cada vez estamos menos acostumbrados a elegir y desechar, porque, sin darnos cuenta, hemos ido delegando esa prerrogativa. Que decidan otros nos libera de dolores de cabeza y de asumir las consecuencias.

Hace unas semanas, la todopoderosa plataforma de contenidos televisivos Netflix anunciaba una gran novedad. Ya no solo nos sugiere qué series ver, sino que además nos ofrece un botón que denomina “reproducción aleatoria”. Es decir, que la multinacional decida por ti lo que has de ver. Esto “permitirá que sus usuarios le transfieran su poder de elección al famoso algoritmo”, reza textualmente la noticia. No es asunto baladí, porque no se nos debería escapar que los contenidos de las plataformas están preñados de ideología y política. Tienen que ver, más allá del mero entretenimiento, con asuntos tan decisivos como las elecciones americanas –la campaña anti Trump en las series ha sido feroz–, con la imposición de un modelo cultural, con el estilo de vida, con las creencias… Bajo una apariencia de buenismo moral, se cuelan mensajes de gran calado que conforman el sentir de la opinión pública sobre cuestiones de gran calado que sólo a la persona le compete decidir.

Greg Peters, jefe de producto de Netflix –200 millones de clientes en todo el mundo, 4,5 de ellos en España– justifica la propuesta alegando que satisface la necesidad de “aquellos que no están seguros de lo que quieren ver”. Sus estudios de mercado le habrán concluido que hay una gran demanda de decisión delegada entre los indecisos. Así que han decidido ir a por aquellos de voluntad frágil y por tanto manipulable.

Sólo es un paso más en una carrera vertiginosa que terminará con la renuncia a nuestra voluntad y la cesión de nuestra irrenunciable libertad. En la prensa ya lo estamos viviendo. Los propios periodistas cada vez tomamos menos decisiones. Cada vez nos parecemos más a Julia, la novia de Winston Smith en “1984”, que se dedicaba a alimentar la “máquina de escribir novelas”. Julia proporcionaba personajes, localizaciones, detalles complementarios y la máquina le devolvía la novela lista para publicar con los mensajes subliminales pertinentes.

La pasada semana, el todopoderoso diario canadiense “The Globe and Mail” anunciaba un gran hito periodístico. Gracias a un programa de inteligencia artificial, que decide qué noticias deben ser de pago y cuáles no así como el emplazamiento de portada que deben ocupar para ganar impacto, el diario ha conseguido 170.000 nuevos suscriptores. Resulta un trato aparentemente ventajoso ceder la capacidad de decisión del periodista a cambio de audiencia. Nada nuevo, por otra parte. La historia y el presente del periodismo están llenos de periodistas que venden su alma a cambio de audiencia.

Hace unas semanas, la newsletter profesional del laboratorio de periodismo de un gran grupo de prensa española destacaba entre sus contenidos una noticia sensacional: “Cómo titular las noticias para SEO: las cuatro reglas básicas de Barry Adams”. Las reglas del tan Adams venía a concluir que debemos escribir para las máquinas. Es decir, que al periodista, como a la Julia de “1984”, le corresponde alimentar a la máquina. ¿Y los lectores? De eso no debemos preocuparnos, porque de eso ya se encargan las máquinas.

A quienes deben decidir ahora entre AstraZeneca o Pfizer, el Ministerio debería facilitarles una opción de “vacunación aleatoria”. Es decir, que una máquina –convenientemente alimentada con pros y contras– determine qué nos conviene más o qué nos perjudica menos.

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