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Anxel Vence

Sexos en el BOE

Los desmanes del lenguaje inclusivo

La emergente vicepresidenta Yolanda Díaz estuvo el otro día en un tris de referirse a las tasas como “impuestos e impuestas”, pero se cortó a tiempo. Son deslices sin mayor importancia que trae consigo la duplicación del género y, por tanto, del número de palabras.

Algo parecido le habría ocurrido años atrás al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, cuando anunció que su gobierno iba a regalar “35 millones de libros y de libras” para el fomento de la lectura entre el pueblo (o puebla). Salvo que estuviese prometiendo libras esterlinas como alternativa al demediado bolívar, que todo podría suceder.

Puede que no tarde en salir a escena un orador que, llevado por la rutina del lenguaje inclusivo salude al público con un. “Señoras y señores: buenos días, buenas noches”. El propio corrector de Microsoft Word, que es un misógino de mucho cuidado, invita a cambiar esa tradicional expresión de cortesía bajo la sugerencia de que es “redundante”. Pero qué sabrá Bill Gates de estos asuntos gramaticales.

Los guiris en proceso de aprendizaje del español suelen incurrir en la creencia un tanto exagerada de que el uso alternativo de la o y de la a basta para definir el género. Peor aún es cuando los nativos asumimos esa norma que convertiría a los señores en señoros y a los pianistas en pianistos. Así es cómo las jueces se han convertido en juezas, con la venia de las autoridades lingüísticas, por más que las nueces (de género femenino) no se hayan transformado en nuezas. Quizá porque la nuez y la nueza sean vegetales distintos, vaya usted a saber.

Felizmente, el Gobierno ha encontrado una fórmula que combina la economía del lenguaje con la necesaria neutralidad para incluir a los dos géneros sin agraviosas exclusiones de un determinado sexo.

Quizá para evitar el gasto de papel –si es que todavía se imprime–, el Boletín Oficial del Estado renunció en un reciente decreto a utilizar el doble género inclusivo con el consiguiente ahorro de palabras. Para ello, el ministerio de Industria ideó una “Disposición adicional única” (y tan única) en la que, al final del largo texto de una norma legislativa, se aclaraba que todas las alusiones a personas de sexo masculino deberían entenderse también en femenino. Más sencillez, imposible.

Mediante esta innovadora fórmula se soslaya la repetición constante de “trabajadores y trabajadoras”, “ingenieros e ingenieras” o “técnicos y técnicas”, que alargaría más allá de lo razonable la palabrería del decreto. Cierto es que la mentada disposición adicional añade sus buenas veinte líneas de texto al contenido de la ley; pero mucho más prolijo y redundante sería aplicar el método anterior.

Es de esperar que la oportuna iniciativa de la ministra Reyes Maroto tenga continuidad en las severas páginas del BOE, aligerando de peso tipográfico cualquier decreto o ley sin más que añadirle al final una Disposición Adicional de carácter no sexista. Otra posibilidad consistiría en admitir, simplemente, que el masculino tiene carácter genérico y, según la Academia, designa a todos los individuos (e individuas) de la especie sin distinción de sexos. Pero tampoco hay que ponerse revolucionario.

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