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Martín Caicoya

La construcción de la sociedad

Renunciar a la total libertad en favor del bien común

Cada célula de mi cuerpo compite con las otras por el oxígeno y los nutrientes que necesita para vivir y por el espacio que le permita reproducirse, aspirar a la inmortalidad. Además, ella, cada una de mis células, sabe que sin las otras no sobrevivirá. Tiempo atrás decidió formar parte de un organismo porque así obtenía ciertas ventajas a cambio de sacrificar su libertad. Algunas se olvidan de ese pacto, ignoran a las otras, se multiplican sin piedad y en ese crecimiento desordenado aplastan a sus congéneres. Codiciosas, les roban el oxígeno y nutrientes. Esas células individualizadas suprimieron la sensibilidad que hace presente a las de otras. Ya no se sienten pertenecer al organismo, ellas son el nuevo organismo, anárquico, sin reglas que sometan a cada una al todo que conforman. Durarán poco porque en su ambición de libertad está la muerte. Es el cáncer. Me expresé con esa perspectiva antropocéntrica en la que atribuimos a los otros seres vivos intenciones, deseos, esperanzas, compromisos. No hubo una voluntad consciente por parte de aquellas células que un día por azar se unieron para resistir mejor la dificultad de estar vivo. Simplemente fueron biológicamente eficaces en ese compromiso. Como no lo hay en las sociedades de insectos. Las hormigas obreras, o las abejas, prescinden de su ambición de procrear, un mandato biológico ineludible para existir, convirtiéndose en servidoras de la reina. Ellas sí que ponen huevos. A cambio, su progenie lleva tres cuartas partes de los genes de cada obrera. Es un pacto que funciona bien. La bacteria trasmite todos su genes a las dos hijas, nosotros solo la mitad, la abeja reina, idéntica a la obrera, el 75% de su dotación y la de ellas. Ellas sacrifican sus vidas por su reina y no saben que lo hacen por sus hijas. Son los hallazgos de la evolución, las diferentes formas de estar viva una especie. Tampoco nosotros, “Homo sapiens sapiens”, sabíamos que nuestra fuerza estaba en la conformación de grupos sociales. Lo hicimos, heredando hábitos de “homos” anteriores y quizá de primates de los que descendemos, porque eso nos daba una ventaja. No había reglas explícitas, solo tendencias que se verificaban en el transcurrir de la vida. Como individuos somos muy débiles, como sociedad humana invencibles: lo hemos demostrado.

Por eso el grito de libertad hay que matizarlo. Ni mis células son libres, ni lo son las hormigas, ni los somos nosotros, como especie, si queremos sobrevivir.

Ocurre sobre todo en EE UU. Los padres de la patria formaban una sociedad compacta, de ayuda mutua provocada por las circunstancias y los nexos religiosos que les habían impulsado a emigrar. Eso se combina con el mito del explorador, del habitante de la frontera, individuo autosuficiente. Sus descendientes son los ácratas, personas que no admiten el poder regulador del Estado. En el extremo, se arman con ejércitos privados, para no pagar impuestos y transgredir las normas. Frente a un Estado grande, protector, reclaman uno pequeño que no se inmiscuya. Quieren ser todos hombres de frontera.

La capacidad de sobrevivir solo la exploró Thoreau cuando construyó en un terreno de su amigo Waldo Emerson una cabaña. Vivió relativamente aislado mientras comprobaba que bastaba dedicar unas horas a la semana al cultivo de alimentos o la caza, para subsistir. Varias veces intenté leer la memoria de esa experiencia, “Walden”, nunca pude acabarlo. Antes había escrito “Desobediencia civil”, donde defiende que se deben incumplir las leyes injustas. Lo hizo no pagando los impuestos porque, entre otras cosas, soportaban la guerra contra México. Fue a la cárcel. Creía en el autogobierno regido por las leyes naturales que él exploraba en sí mismo. Es el anarquismo idealista enraizado en la idea de que las tendencias del ser humano en libertad facilitan su propio desarrollo: “Quería vivir profundamente y extraer toda la médula a la vida”, dice en el comienzo de “Walden”.

Pero no es eso lo que mueve a los ácratas que son el extremo del liberalismo. Ellos consideran que la vida es una jungla donde triunfa el más fuerte y tanto ellos como los que no lo consiguen tiene su justo premio. Encaja más en el darwinismo social, una idea bien conocida que defiende precisamente eso: el triunfo del mejor adaptado para sobrevivir y procrear. Tal y como ocurre en lo más crudo de la naturaleza. Pero la sociedad humana debe su fortaleza precisamente a la renuncia a la total libertad individual en aras de un supraorganismo, como ocurre con la células en cada uno de nosotros. Cada una de ellas dejó parte de su libertad en manos de los sistemas reguladores, como el endocrino o nervioso. El gran paso es que nosotros lo hacemos conscientemente, nos fiamos de nuestra racionalidad no siempre eficaz, no siempre libre de prejuicios, para establecer reglas, obligaciones y derechos. Estamos en ello, avanzando con pasos lentos, a veces equivocados. Saberlo y saber que estamos en construcción de un complejo organismo que inventamos es apasionante.

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