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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Día de la bandera o de la banderita

No se le puede negar a Barbón habilidad en el manejo de los relatos: cualquier excusa es buena para gobernar al ralentí en una región que requiere a los mandos velocidad de crucero para llegar a tiempo a un futuro plagado de incertidumbres. Ni tampoco se le puede achacar al Presidente poca destreza en el uso sentimental de los símbolos, con el ánimo de convertir un cuatrienio en epopeya. Solo bajo esta interpretación se entiende el mensaje del proyecto de festividad regional del pasado miércoles, memoria de un 25 de mayo de 1808 en el que la Junta Suprema declaró en Asturias la guerra a la Francia napoleónica.

Se saca de la manga el líder autonómico un día de la bandera, cuando a la región, con respiración asistida, le vendría mejor un voluntariado en Cruz Roja y la consiguiente fiesta de la banderita. Por lo que supone para la economía regional el obligado cambio productivo a la trágala, Asturias reclama una cuantiosa cuestación de los fondos europeos para la reconstrucción que hay que defender si hace falta a disparos de trabuco.

Napoleón es el enemigo, pero ¿quién es el invasor? ¿Contra quién es menester levantarse hoy en armas en Asturias, cuando el presente nos trae carbón como a los niños traviesos por Reyes, a la hora que las manecillas del reloj marcan la medianoche de la descarbonización? Al modo de los padres de la patria chica reclama Barbón “rebelión y audacia” para acometer los retos de un porvenir industrial inevitable, verde y digital. Si no fuera por respeto institucional al pasado, habría que convenir en que la cantinela del Presidente rememora el estribillo lánguido de la Jeanette de nuestra infancia: “Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”. Si quiere rebelarse, tiene argumentos varios para incrementar su ira: el precio de la factura eléctrica, el ninguneo en el Congreso a las iniciativas parlamentarias asturianas o el plan de protección del lobo. Sin ir más lejos, que se puede.

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