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Susana Solís

Futuro Europa

Susana Solís

Eurodiputada asturiana por Ciudadanos

¿Promesas vacías para la España vaciada?

En la España de hoy, el 90% de la población se concentra en el 30% del territorio; 26 capitales de provincia pierden habitantes y casi la mitad de los pueblos corren el peligro de desaparecer.

Hay que reaccionar. No podemos dejar que el medio rural agonice. Las señales son numerosas, y las llamadas de auxilio, también. Hace dos años repicaban las campanas por la despoblación. Hubo promesas y más promesas. ¿Ha cambiado algo desde entonces? Recapitulemos un poco.

En estos dos años hemos visto un plan de 80 medidas, seguido de la creación de una Secretaría General para el Reto Demográfico y, finalmente, otro Plan de 130 Medidas. Este último coincidiendo prácticamente con el ansiado Plan de Recuperación y Resiliencia del que depende el compromiso de los 140.000 millones de euros procedentes de los fondos europeos Next Generation EU.

La música de todos estos proyectos apunta, en principio, en la buena dirección, y tenemos la estructura política y los fondos para actuar. Pero la letra no dice con la suficiente claridad y contundencia lo que tiene que decir. Y hemos avanzado poco desde la movilización de la población rural, hace dos años. La verdad es que aún no hay cambios reales, y mucho me temo que las medidas propuestas no tengan tanto impacto como el que necesitan las zonas despobladas. No nos podemos permitir promesas vacías para la España vacía.

De las 130 medidas para el reto demográfico, por ir a lo más reciente, no se deriva un plan integral para combatir la despoblación. Vemos una amalgama de acciones y propuestas, desde procesos de digitalización de la DGT hasta la creación de un portal web para startups o un Futuro Centro Nacional de Investigación en Almacenamiento Energético en Cáceres. Incluso vemos disposiciones tan vagas como “Planes operativos orientados a problemáticas específicas”.

Si estas medidas no se concretan pronto, podrían quedar en otro ejercicio retórico que aplace la elaboración de un verdadero plan para abordar el problema: un proyecto total, transversal e integrado para atraer y retener población. Hacerlo no es tan complicado: no hay más que escuchar a los que viven aún, o a los que se han ido de los pueblos y cabeceras de comarcas. Quieren conectividad física y digital para poder trabajar como en la ciudad, quieren servicios de calidad y oportunidades laborales. En un momento en el que el modelo laboral está cambiando hacia el teletrabajo, las oportunidades del mundo rural se pueden multiplicar, siempre y cuando se garanticen las infraestructuras y los servicios básicos.

Tenemos ejemplos internacionales en los que basarnos: en las Tierras Altas de Escocia, a través de un proceso de descentralización progresivo y un plan de medidas que gravitan en torno al emprendimiento, y garantizando conectividad y servicios sociales de calidad, han conseguido revertir la tendencia negativa de población y abrir de verdad opciones de futuro para los jóvenes. Otros ejemplos los encontramos en Alemania y Holanda, que han conseguido modernizar sus zonas rurales y transformarlas en territorios rurales inteligentes.

Volviendo a España, vemos disposiciones como el anuncio de inversión en Formación Profesional en las zonas rurales o el impulso a la innovación que, aunque son útiles y necesarias, no será eficaces si no hay medidas claras para incentivar el asentamiento de la población. Creo que es fundamental establecer una fiscalidad diferenciada que sirva de estímulo en las zonas rurales, además de una administración que reduzca las trabas burocráticas absurdas que ahogan las iniciativas y que permita un entorno regulatorio que se adapte mejor a la realidad.

Por último, estas 130 medidas, en su mayoría, no llevan asociados los cálculos económicos necesarios ni las estimaciones para saber que las cosas van en serio. Como bien se proclamaba en la revuelta de la España Vacía, “medidas sin presupuesto son papel mojado”. Tanto es así que ya en la introducción se avisa de la alta probabilidad de que acaben solo en buenas palabras: “Las medidas estarán sujetas a disponibilidad presupuestaria”. Si a esto se le suma que no van acompañadas de indicadores para medir el progreso, todo indica que estas propuestas corren el riesgo de caer en saco roto. De nada sirve volver a proponer soluciones que se ejecutan sin un orden y un objetivo común.

Hemos tenido instrumentos a nuestro alcance, como las directrices sobre ayudas de Estado, que ofrecían (y siguen ofreciendo) la posibilidad de reducir los costes de personal de los trabajadores de las zonas despobladas, y no se han usado por falta de voluntad política. Ahora que tenemos los fondos europeos no podemos volver a repetir los errores del pasado. Es hora de volver a decir en voz muy alta, con los que luchan en la España rural: “Ser menos no resta derechos”.

Somos el país de Europa que más sufre por la despoblación. Tenemos que ponernos manos a la obra. Desde Bruselas hemos luchado para que se ofrezcan soluciones inteligentes y eficaces para las zonas rurales. Ahora toca que las promesas oficiales a la España vacía sean plenas y eficaces. Estamos en el camino, pero hay que recorrerlo sin tardanza.

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