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Antonio Arias Rodríguez

La culpa fue de Paco

El homenaje al profesor Francisco Bastida

Hace unos días celebramos el merecido homenaje al profesor de la Universidad de Oviedo Francisco Bastida, con ocasión de su jubilación forzosa. Era el justo reconocimiento a un riguroso constitucionalista y habitual colaborador de tribunas dominicales en LA NUEVA ESPAÑA. Muchos colegas académicos destacaron su generosa dedicación y la promoción de tantos catedráticos. Sus antiguos alumnos glosamos nuestros recuerdos desde hace cuarenta años, con su ejemplo de universitario comprometido desde la izquierda política. En las intervenciones no faltó la simpática alusión, por parte del Rector, a su afición a la bicicleta de la que podrá disfrutar mucho más ahora.

El asunto me hizo recordar el ingenioso y simpático razonamiento que circula por las redes de mensajería sobre los ciclistas, que son un desastre para la economía y el empleo. No sólo no compran coches ni piden préstamos para ello (malo para fabricantes y bancos) tampoco se recauda un euro pues no necesitan gasolina o talleres (fatal para ese sector) y como tienen mejor salud visitan mucho menos las farmacias o los médicos, porque están en forma. Será por eso que Paco Bastida aún despierta pasiones entre las alumnas. En fin, que pedalear disminuye nuestro producto interior bruto (PIB) en el momento que más lo necesitamos ¡Qué faena!

Menos mal que ahora contamos con una nueva normativa de velocidad urbana para los automóviles: 30 kilómetros hora. Esto ya es otra cosa. Permite a quienes circulan mucho por la ciudad contribuir a financiar la maltrecha economía. Los talleres tendrán más clientes, los coches durarán menos, los taxistas ingresarán más y la contaminación o el cabreo aumentará en las ciudades, con sus beneficiosos efectos para el empleo de las farmacias y de los psiquiatras, neumólogos u oncólogos.

Como ven, la ciencia económica permite explicar cualquier contingencia. Se acusa a los economistas de sólo predecir el pasado. Para el futuro creen que la racionalidad humana permite encontrar justificaciones a todo. Algo así como la Liga del debate universitario, esa teatral actividad que pone a prueba la capacidad retórica de los jóvenes estudiantes de derecho para argumentar una cosa o su contraria, previo sorteo. Claro que en la abogacía basta convencer al juez o al jurado. Pero … ¿y los mercados? ¡Ah! En este caso, el comportamiento supuestamente “sensato” de millones de consumidores o empresarios determina las consecuencias de las decisiones políticas. Se puede caer en la tentación de manipularlos, claro, aunque en las modernas democracias es algo más difícil, merced a las garantías constitucionales (Bastida dixit) de su prensa libre y del debate parlamentario.

¿La economía se comporta de manera racional? Pongamos un ejemplo. Endeudamientos como los soportados por Japón (235% del PIB), Grecia (200%) o Italia (155%) y España (125%) nunca podrán ser devueltos. Leen bien, nunca. Todos lo sabemos y aspiramos a que formen parte del paisaje financiero durante el resto de nuestras vidas y las de nuestros descendientes; igual que aquella deuda perpetua que se emitía para financiar las guerras desde el siglo XVIII. Ya decía Keynes que alargo plazo todos muertos, así que no hay problema.

En EEUU, el presidente Biden acaba de solicitar al Congreso seis billones de dólares para “reinventar” la economía tras la pandemia. Su deuda pública (y la privada, sobre todo) bate todos los records y por primera vez supera la producción de un año ¡Qué más da! Con estas cantidades, ninguna hacienda nacional es capaz de generar superávits para hacerles frente ¿Cómo explicar racionalmente esta situación?

Si me tocase en el sorteo defender su carácter inocuo haría como el documento presentado hace unas semanas en La Moncloa (España 2050 “Estrategia Nacional de Largo Plazo”) que menciona algunas “megatendencias” como el envejecimiento demográfico, la transformación digital y la transición ecológica. No mencionaría por ningún lado, como hace el cuidado informe, la verdadera megatendencia, que no es otra que el endeudamiento. Y si alguien se diera cuenta le llamaría fascista o, lo que es peor, tecnócrata neoliberal. Tampoco citaría para nada las criptomonedas y sus previsibles efectos devastadores sobre la futura recaudación tributaria y nuestro Estado del Bienestar. Y menos aún, nada diría, nada, de un futuro incremento de los tipos de interés (¡ahora en negativo!) que se producirá cuando los mercados financieros dejen de estar dopados. Una elevación de un punto será una tragedia de enormes dimensiones presupuestarias. Esta es, más bien, la verdadera “mega-amenaza”. Argentina será, una vez más, la primera en caer. Menos mal que en nuestro barco el capitán es alemán.

Por eso, las decisiones racionales, incluso intuitivas, conducen a los ciudadanos a invertir sus ahorros en activos reales, que se benefician de la previsible inflación. Así, el pasado fin de semana leíamos en la portada de este mismo periódico que, frente a los agoreros, volvía a Asturias el boom de la construcción y el precio de los pisos nuevos remontaba. ¿Cómo explicarlo? Fácilmente. La culpa de esa subida es de Paco y su bicicleta.

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