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Ricardo Menéndez Salmón

Quién defenderá a la literatura

En 1843, un joven Karl Marx, en viaje por Holanda, le escribió a su amigo Arnold Ruge una célebre carta en la que le recordaba que quien se avergüenza está ya en la senda de la revolución. Reconozco que la concesión ayer, en Gijón, la ciudad en la que nací y vivo, del Premio de la Crítica 2020 a Arturo Pérez-Reverte por su novela “Línea de fuego”, me instala sin remedio en ese sentimiento revolucionario de la vergüenza.

Admito que la vergüenza se da la mano en este caso con otros dos sentimientos complementarios: el asombro y la incomprensión. Asombro ante la circunstancia de que entre los cientos de obras publicadas por escritores de un lado y el otro del Atlántico durante 2020, el jurado de la Asociación Española de Críticos Literarios haya decidido que la de Pérez-Reverte es merecedora de este galardón, que por carecer de recompensa económica y por no depender de una editorial o de una institución pública, parecería liberado por principio de cualquier exigencia que no apuntara a la excelencia como único criterio selectivo. Incomprensión porque, por más que busque argumentos literarios para asumir semejante decisión, apenas puedo confesar mi orfandad ante algo que sólo puedo calificar de desatino, si no fuera por el hecho de que además es sumamente dañino para la pervivencia de la literatura.

Como práctica liberada de las urgencias editoriales y de las servidumbres de la fama, como actividad que aspira al conocimiento y a fijar cierta idea de qué sean el mundo, el tiempo o la belleza, la literatura lleva herida de muerte hace décadas. Su campo se estrecha cada vez más por culpa de un mercado que lo coloniza todo. Incluso sellos míticos han cedido al hechizo del beneficio fácil, abriendo su catálogo a títulos pueriles y a autores discretísimos. Acostumbrados así a contemplar la literatura con cinismo y displicencia, una meretriz que sobrevive bajo las capas de insignificancia que un statu quo mercenario y una crítica holgazana han diseñado para ella, constatamos sin remedio la dimensión de su declive. Por ello, cuando una reunión de críticos que aspira a señalarse como prescriptores y promotores de una lectura elevada sanciona que una novela de Pérez-Reverte es la mejor obra narrativa que han leído durante 2020, a este escritor solo le queda por formular una pregunta no por retórica menos angustiosa: quién defenderá a la literatura.

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