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Xuan Xose

Divinas palabras

El plan del Gobierno contra el despoblamiento

O su versión actualizada: “Divinos planes”. Al modo en que Pedro Gailo en la obra de Valle-Inclán lanza su jaculatoria en latín para apaciguar a los circunstantes, este Pedro, Sánchez Pérez-Castejón, lanza planes para tratar de calmar las aguas del presente e infundir alguna esperanza en los ciudadanos.

Ya saben, hace muy pocas fechas aquel de la España del 2050 (¡qué de inmediato acude a nuestras mentes el “cuán largo me lo fiáis” de nuestros clásicos!), en que todos seremos felices, sostenibles, resilientes, no contaminantes y trabajaremos poco. Pues bien, más recientemente, el 22 de mayo, presentó en la Moncloa un plan de 10.000 millones de euros de los fondos europeos para luchar contra la despoblación rural. Con el título de “Pueblos con futuro: un plan para la cohesión y transformación del país”, el documento enuncia 130 medidas que “pretenden garantizar la incorporación de los pequeños municipios en una recuperación verde, digital, con perspectiva de género e inclusiva”. Y afirmó que la “batalla” del Gobierno “contra la despoblación y por lo rural es sincera, decidida y comprometida hasta el final”.

Lo que más llama la atención de todos estos planes es que, por un lado, la situación real de nuestra economía y nuestras finanzas no parece ser nunca obstáculo para que el Gobierno prometa euros sin cuento y que, por otro, esos fondos europeos parezcan un maná caído del cielo que nunca tendrá límite y que no habrá que devolver en cuantía alguna. Pero, a continuación, uno no puede dejar de reparar en que una parte sustancial de la voluntad mágica de esos planes se sustenta en las “divinas palabras” con que se califican: sostenibles, resilienciantes, inclusivos, verdes, digitales, con perspectiva de género… Y, si uno indaga en sus significados, esto es, en aquello que significan en cuanto a lo que designan, empieza a dudar de su capacidad de comprensión. ¿Qué significa con precisión, por ejemplo, “sostenible”, cuando se califica así un desiderátum sobre los alimentos, el transporte, las ciudades, la actividad económica y otros cuantos designata? Créanme, a mí se me escurre de las manos, como una anguila que se intentase capturar a mano.

Pero la cuestión de fondo es la mentira en que consiste gran parte del discurso sobre el despoblamiento. Ante todo, el despoblamiento de las zonas rurales es una tendencia mundial, que tiene dos componentes. El primero histórico y económico: con una escasa capacidad de producir bienes y viandas, el hombre fue extendiendo su dominio sobre todas las tierras que podían proporcionarle cobijo y alimento, por precario o miserable que fuera, a lo que iba unido una natalidad abundante (el de la demografía es, en parte, otra cara de la historia). Modificada por fortuna esa situación, esas tierras y lugares han ido siendo abandonadas progresivamente, en busca de mejor fortuna o empleo. Por otro lado, y en paralelo, los seres humanos han venido tendiendo a buscar hábitats (la ciudad) donde no solo hay mejores empleos o servicios, sino donde la vida social es más variada y atractiva: y, así, con necesidad o sin ella, se abandona el caserío por la aldea, esta por la villa, la villa por la ciudad, y la ciudad por las grandes capitales. De manera que ese es un proceso inevitable e irreversible. En todas partes ese abandono del campo va unido a una demografía declinante y dominada por grupos etarios de avanzada edad, al tiempo que “el monte” va ocupando lo que antes era “dondo”, tierra domada para el cultivo o el pasto.

Se puede, es cierto, y así sucede, “volver al medio rural”, pero no “al campo”. Se establecen, de este modo, servicios ligados al turismo, algunos cultivos nuevos en zonas fáciles y accesibles, trabajos ligados a la ocupación digital, pero poco más. Para estos nuevos y escasos moradores o trabajadores cabe facilitar las comunicaciones y algunos servicios, a fin de ayudarlos en su residencia. Pero, sobre todo, lo que es necesario es que a quienes aún resisten (con vocación, es cierto, muchos de ellos, no meramente con resignación) en el sector primario, ya en el cultivo, ya en la ganadería, no se los persiga con normas absurdas, con exigencias que no tienen ningún sentido o poniéndoles todo tipo de obstáculos para desarrollar su actividad económica y su vida social.

He dicho aquí que, frente a tanta palabrería, “¡a por ellos!” parece ser la consigna real que guía la actuación real de la Administración y la política, para acabar con esa actividad y esas personas, y acelerar el despoblamiento.

Lo demás son divinas palabras y divinos planes, o, como dice el Martín Fierro del pájaro Tero: “En un lao pegan los gritos / y en otro tienen los güevos”.

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