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“No es que sea equidistante, pues la narración parte de la legalidad de la República, pero los franquistas tampoco aparecen como monstruos. En definitiva, es compleja, plural y múltiple”, dijo Fernando Valls, el presidente del jurado del Premio de la Crítica, a Jacinto Antón en “El País”.

No sé si se puede añadir algo más a “Línea de fuego”, una obra monumental de Arturo Pérez-Reverte que ha resultado ganadora de ese premio. Como no sé si se puede añadir algo más, paso a aplaudir al jurado porque ha tenido la valentía –es decir, no ha sido equidistante– de eliminar prejuicios frente a uno de los autores vivos más vendidos en lengua castellana. Se han quitado capas, los buenos miembros del jurado, y desnudos han galardonado a una obra encarnada –quizá su obra más dolorosa porque fuimos nosotros mismos matándonos– de un autor que suda.

Vi, o más bien escuché, a mi querido amigo Arturo escribir “Línea de fuego”: le desbordaba tanto la emoción de contar con sus palabras la Guerra Civil que fue capaz de convivir con el confinamiento gracias a esta novela.

Ella y él se hicieron compañeros del frente, él con la capacidad omnipotente de estar en los dos lados, y de ese viaje salió otro viaje. En otro tiempo, en otro lugar, en otro país: allí nos soltó Pérez-Reverte entre las sangres –sean de la ideología que sean– que mueven la Historia.

Durante el confinamiento, eché mucho de menos a Arturo. Estábamos acostumbrados a cenar, mínimo, una vez al mes. El cabrón lo compensó preguntándome por un cagamento autóctono para poner en boca de un personaje asturiano de “Línea de fuego”. Me pareció muy adecuado descubrirle el canónico “Me cago en les pites de Grao”. Búsquenlo en esta novela excepcional. Ese, uno más, es uno de los regalos que me ha hecho mi amigo Arturo. Estoy en deuda con los críticos por haberle devuelto algo de su generosidad en nombre de sus lectores y sus amigos.

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