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De osos y “ancianos”

¡Soy un anciano! Y yo no lo sabía, o no me había enterado, o no quería admitirlo: persona de mucha edad, según el diccionario de la RAE. Pero lo soy; al menos eso debe entenderse del artículo de José Manuel Ponte “Un oso en la carretera”, en LA NUEVA ESPAÑA del día 3 de junio cuando escribe que “Una anciana… fue atropellada por un oso que le causó diversas heridas…”, al referirse al suceso que ha puesto la aldea de Sonande (Cangas del Narcea) en el mapa del mundo, o casi.

Pero resulta que la tal anciana tiene –según los medios de información– 75 años, así que los que ya hemos sobrepasado esa cifra no podemos hacer otra cosa que aceptar la situación: hemos dejado de ser personas mayores y hemos dado un salto en el escalafón; ahora somos ancianos. Puede que en tiempos pasados hubiéramos podido aspirar a formar parte de un consejo de ancianos o viejos, a un senado, a que se tuviera en cuenta nuestra posible experiencia, pero eso se lo han reservado quienes se dedican a la política; nosotros, ahora, solo a nuestros recuerdos y batallitas, como un abuelo Cebolleta cualquiera.

Y puesto que hablamos de recuerdos, entre los míos no están “Paca” y “Tola” en el parque de San Francisco, que el señor Ponte cita en su artículo, porque creo que esos animales nunca estuvieron allí; mis recuerdos son los de aquel guaje que a veces venía con sus padres a Oviedo desde Santa Marina de Quirós, cuando el viaje en el autobús de Alvarez González, conducido por nuestro vecino Melchor, no se medía por los 40 kilómetros de distancia sino por las 2 horas de duración. Y para aquel guaje, la ciudad era… no sé, un mundo que comenzaba a abrirse cuando llegaba a sus puertas, más o menos allí donde en algún momento hubo un gran panel que anunciaba: “Oviedo. Capital de Provincia. Ciudad moderna y monumental. Atención a las señales de tráfico”, pensando ya en la visita al parque, donde sí estaban “Petra” y “Perico”, inicialmente sujetos a sendas cadenas con las que se desplazaban a lo largo de maromas a modo de carril o guiadera que les habían puesto, quizá con la intención de suavizar su cautiverio, y de las que un día se soltó uno de ellos y se subió a un árbol, causando la alarma de toda la ciudad, suceso que seguramente impulsó la construcción de la jaula que habitaron hasta su muerte, primero la de “Perico” y después la de “Petra”.

A “Paca” y a “Tola” las “conocí” muchos años después, en el cercado de Santo Adriano. Pero esa sería otra historia.

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