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Virginia Gil Torrijos

Ampliación del campo de batalla

La autogestión como fórmula para adaptarse a los nuevos tiempos

En el año 1994 apareció en Francia la primera novela de Michel Houellebecq, “Ampliación del campo de batalla”. En esa novela el autor ya ponía de manifiesto el desencanto de toda una generación que se ejemplificaba en los avatares, hartazgo e incredulidad de su protagonista, un hombre francés, un joven ingeniero informático que había dejado de luchar. Houellebecq hablaba ya de europeos huérfanos de ideales y que sobreviven a base de antidepresivos. Hablaba de antihéroes, de catástrofes existenciales, de desazón sin tapujos. Y hablaba, sobre todo, de soledad.

Últimamente cada vez tengo más claro la genialidad del título elegido por Houellebecq, una categorización casi profética para describir la situación en la que vivimos ahora, 25 años después. Este cuarto de siglo nos ha pasado a muchos como un suspiro. Algunos éramos antihéroes ya entonces, en el 94, aunque albergábamos algunos sueños y ahora lo somos de verdad, unos constatados antihéroes en total rotundidad.

Durante este tiempo de covid el campo de batalla ha estado en las UCIs, en los centros de salud, en las residencias de ancianos, en las ONGs que iban distribuyendo cada día rancho y comida a más y más familias. El campo de batalla ha estado más o menos bien acotado, ha sido el lugar donde se enfrentaban los héroes (y las heroínas) con la enfermedad e intentaban rescatar del bicho a los más vulnerables. Personal médico, sanitario, cuidadores, investigadores científicos, voluntarios, fuerzas del orden dieron lo mejor de sí en la criticidad de la pandemia. Ellos se convirtieron de nuevo en un referente social, en un modelo a seguir, y la mayoría de sus congéneres, los hemos aplaudido; hemos redescubierto su labor esencial, los hemos loado con total sinceridad por su valor, y también alabado por su vocación y por su espíritu de sacrificio y dedicación. En ocasiones, incluso, en algunos aspectos, hasta los hemos recuperado de la ignominia frente a referentes anteriores más fatuos y sin real sustancia.

Pero, ¿qué ocurriría si ampliáramos la perspectiva?, ¿si nos diéramos cuenta que el campo de batalla se empieza a extender mucho más allá de las fronteras estrictamente médicas, hacia lugares donde no se han oído las sirenas? Ese campo de batalla ampliado estaría propagándose hacia otro tipo de males también endémicos, hacia el síndrome de las neveras vacías o de las facturas impagadas. O incluso yo iría aún más allá, diría que se estaría propagando hacia lugares vertiginosamente silenciosos, hacia paredes de casas sin eco, donde sólo se oyen unos pasos, sólo unos únicos pasos y tal vez, como mucho, un teclado con un repiqueteo sordo, sin acompañamiento, del teletrabajo en solitario. Hay campos de batalla que nunca van a ser nombrados como tales, quizás porque los habitantes de este país tengamos mucho más sentido del pudor y de la vergüenza del que estamos dispuestos a admitir. Quizás porque nos han enseñado a mostrar antes los dientes que las lágrimas. Pero hay heridas que no se muestran, están ahí y seguirán estando si no se curan, incluso si no se nombran. Son heridas internas que en mi opinión también deberían ser tratadas. ¿De qué forma? Lo ignoro. El mundo es complejo pero este modelo de sociedad quizás nos ha ido encarrilando a todos hacia un terrible encapsulamiento y a una única forma de vida posible: la autogestión. Todo es ya demasiado auto: autoilusión, autorrealización, autoacompañamiento, autosatisfacción… en definitiva: autoaislamiento.

En mi caso particular yo intentó salir de mi propia cápsula, lo intento con técnicas que confieso la mayoría de las veces no han ido dado demasiados buenos resultados. Pero intentar, lo intento. Intento que mi mente no se hunda en la pesadumbre y me digo que tengo que dar a la vida mientras esta me dure, la mejor versión de mí misma, la mejor versión independientemente de las circunstancias. Pero como yo, supongo saben, que hoy por hoy, se hace difícil. A todos se nos está haciendo duro este periplo. No es cuestión de ir contando por ahí las miserias en una pública intemperie testimonial, aunque lo que sí creo que para salir de esto se necesita una vuelta más de tuerca. Cada vez me parece menos descabellado un plan de contingencia también para esto. Para la salud mental. Quizás sin que suponga un despilfarro o dilapidación de los recursos públicos, se debiera abordar el problema de la no-felicidad (o de la tristeza, o de la depresión) con planes sociales. Ni siguiera me refiero a la existencia de Concejalías o Ministerios de la Felicidad como se han empezado a implantar en determinados lugares. Pero lo que sí creo, y total convicción, que debiera tratarse la salud mental con más rigor de lo que se viene haciendo hasta ahora y con la existencia de planes estratégicos desde los servicios de prevención. La salud, como un día le escuche decir a una destacada dirigente de la OMS, es la suma de un todo, de un conjunto de parámetros físicos y mentales y de la implantación social de una serie hábitos, y la prevención de la salud para un país, a la larga, supone un ahorro de recursos en los erarios públicos. Como dice el refrán “mejor prevenir que curar”. Las iteraciones sociales, el contacto con la naturaleza, los hábitos saludables de alimentación, de ejercicio moderado, de sueño, de lectura, de cultura, de puesta en valor de la amistad, de la mayor visibilidad de personas referentes que practiquen la generosidad, la filantropía, la empatía, la escucha activa, tal vez nos pueda ayudar a curar esas heridas. Heridas que aún no han aflorado todavía, pero que están ahí, ocultas y resquemando.

Abogo por eso, y con esta intencionalidad queridos amigos, así se lo expreso. Intenten ser felices en lo que nos quede de trayecto. No hay otra.

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