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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Cudillero y su vieja cruz

Como en el Saint-Valery pescador del cuento de Anatole France, la imagen de un Crucificado amaneció flotando sobre las aguas de un Cudillero imaginario y mágico en la película “El Cristo del océano”, de 1971, de cuyo estreno se cumple medio siglo, como apuntaba en estas mismas páginas ayer Juan Luis Álvarez del Busto, apoyado en su saber enciclopédico sobre los aconteceres pasados de la villa pixueta. Yo era un crío cuando mi madre me llevó al cine a ver esa película, cuya banda sonora era debida a Bruno Nicolai, un músico italiano tan talentoso y prolífico como Morricone, del que era colaborador y amigo, pero menos conocido. Esa melodía sencilla y reparadora me ha acompañado al paso de los años. Tanto es así que a veces, sin venir a cuento, sin saber por qué, me sorprendo silbándola, cuatro décadas y pico después de haberla escuchado por primera vez.

Permanece también perenne en la memoria infantil el rostro idealizado de ese Manuel pescador, o mejor Enmanuel, trasunto del Cristo entregado por las mareas a un niño huérfano, Pedrito, en la arena de una recóndita cala. Pero, sobre todo, resultaba conmovedor el escenario de la historia de una tragedia, del despojo de las barcas desvencijadas por la galerna, de viudas llorosas, cubiertas con manto negro, como las mujeres de la Biblia. Sin conocerlo, sin saber siquiera de su existencia, aquel zagalillo que no había oteado otro horizonte que el océano de cereal quedó prendado de Cudillero, el pueblo donde se hizo el milagro de una nueva venida del Cristo para consolar a un niño, para explicar el misterio de la caridad infinita.

En aquel anfiteatro se filmó una historia muy sencilla y muy digna, un alegato a la esperanza, esa virtud escrita como surcos en los rostros ajados de los hijos de la mar.

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