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Laviana

Más allá del Negrón

Juan Carlos Laviana

Las líneas de sombra de la EBAU

Las pruebas de selectividad, exponente del disparate educativo español

Las líneas de sombra de la EBAU

La EBAU es para nuestros jóvenes como la línea de sombra que tuvo que atravesar el bisoño narrador del relato de Joseph Conrad. Se trata de una línea invisible que “nos advierte de tener que dejar atrás las razones de la juventud temprana” y nos pone en la tesitura de qué hacer con nuestras vidas. El inexperto marinero de la historia tiene que asumir de forma súbita la capitanía de un barco. Nuestros jóvenes de hoy han de asumir, con la EBAU, la capitanía de su futuro, algo para lo que uno nunca se siente preparado.

Como sociedad, hemos sido incapaces de ayudar en ese decisivo trance a 300.000 jóvenes que se enfrentan estos días a su particular línea de sombra. Ni siquiera hemos sido capaces de exigir lo mismo a todos ellos. Ni siquiera hemos sido capaces de ponernos de acuerdo con el nombre. EBAU, EVAU, PAU, ABAU... Eludo las mayúsculas de las siglas, como haría Andrés Trapiello, para que el lector no se crea que le estoy gritando. Y del nombre para abajo, todo sigue siendo distinto. El precio de las tasas, el temario, la posibilidad de presentarse con asignaturas suspendidas del bachiller… Todo es distinto, salvo un detalle esencial: que el aprobado en una de las diecisiete diferentes pruebas da el mismo acceso a cualquier universidad española. No se nos cae de la boca la igualdad, pero a un estudiante de Madrid o de Asturias no se le exige lo mismo que a uno de Murcia o Cataluña.

Los periódicos han tenido que recurrir estos días a mapas explicativos para poder plasmar este lío. En este color, las comunidades que permiten llegar a la EBAU con suspensos. En este otro, los diferentes criterios de calificación. Basta un solo ejemplo de la disparidad. En Cataluña sólo se exige Historia desde el año 1875, en el resto hay que saberse además lo anterior: la Prehistoria, los Reyes Católicos o el al-Ándalus.

Circula por el Instagram de los aspirantes de Madrid una prueba de Historia de la Comunidad de Murcia, la más madrugadora en celebrar las pruebas. Consiste, como si de un pasatiempo se tratara, en rellenar las palabras que faltan en un texto. Por ejemplo: “En 1517, un monje llamado………… denunció en las conocidas 95 tesis de Wittemberg abusos del Papa de Roma”. O este otro: “En 1571, se produjo la batalla de………… En ella participó Miguel de Cervantes”. ¿Fácil verdad? Y eso que usted y yo hace muchos que dejamos las aulas.

En Madrid, en cambio, un alumno ha de responder con amplitud a las preguntas, sin pistas y, además, desarrollar un tema en extenso, tipo “Política exterior de las Austrias menores”. Resulta lógico que estén indignados los alumnos madrileños. Cuando el joven de Madrid, que ha conseguido el mismo resultado con mayor esfuerzo, se encuentre con el de Murcia en la Universidad, seguro que se le escapa un “ya te vale, así cualquiera’’.

La diferencia es que en comunidades como Murcia no se valora la memoria. En Madrid, sí y el aspirante ha de recordar todos los datos que en otras regiones se les facilitan a los alumnos, siguiendo la tesis de la ministra Celaá. “Con la selectividad, los alumnos memorizan, vomitan y olvidan.” Son palabras del experto Lucas Gortázar, asesor del Gobierno y defensor de la nueva ley. Los estudiantes son víctimas, en Madrid y en Murcia, de la batalla entre pedagogos defensores y detractores de la memoria.

La selección del alumnado universitario es imprescindible. El examen de ingreso ya fue propugnado por Giner de los Ríos e introducido en el paso del siglo XIX al XX, ante la abismal disparidad de conocimientos entre los alumnos que llegaban a las facultades. Luego vinieron las temidas reválidas que padecieron nuestros hermanos mayores. Y más tarde llegó el turno de mi generación, cuando mi compañero de fatigas José Luis Iglesias –con la dificultad añadida de la ceguera– y yo estrenamos en 1975 la protestada selectividad sin saber de qué iba aquello.

Como tantos problemas en España, la selectividad ha acabado convirtiéndose en un mal endémico. ¿Tan difícil es poner de acuerdo a nuestras comunidades para unificar criterios de exigencia? ¿Tan difícil es establecer un temario único? ¿Tan difícil es combinar la necesaria memoria con la asimilación de lo memorizado? Si esperamos a 2050 para resolverlo, habremos castigado innecesariamente a otras 29 promociones.

“Solo los jóvenes conocen momentos semejantes”. Con esta frase comienza Conrad su relato. Pongámonos en el lugar de los jóvenes. Bastante duro es atravesar la línea de sombra de la vida como para encima complicarla más.

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