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Con permiso del personaje

Todos sus libros tratan de la experiencia humana, la propia y la ajena

Cuando Richard Ford se pregunta por qué nos gusta tanto Chejov, afirma que sus relatos no parecen, por su lenguaje formal y directo, ni siquiera ingeniosos, pero se da prisa en matizar que esa sería una falsa impresión, puesto que la laboriosa descripción, paso a paso, de una constelación a ras de suelo de la existencia común y corriente, convierte a cada relato en un movimiento sutilmente diferenciado dentro de un único y prolongado gesto de la vida establecida. ¿Por qué nos gusta Carrère? Si nos cruzásemos cada día por la calle con los personajes de sus libros, no repararíamos en ellos más allá de un saludo cotidiano, porque nada en ellos, sean reales o ficticios, sugiere peculiaridad alguna a simple vista. La verdad de fondo es que todos ellos esconden una buena historia que merece ser contada y la clave está en cómo hacerlo. Cómo ralentizar ese movimiento sutilmente diferenciado al que se refería Ford y que lo cambia todo.

Pocos escritores del momento generan la expectativa lectora de enfrentarse a lo inesperado, a lo sorprendente, a lo inusual como hace Emmanuel Carrère en un libro tras otro. “Yoga”, su última novela publicada, fue el libro estrella de inicio de temporada en Francia, en parte por su contenido, ya que explica cómo pasó de frecuentar retiros de meditación a ser internado en un psiquiátrico, y en parte por las quejas de su exmujer, que le acusó de incumplir el contrato de divorcio que le impide citarla en sus libros. Quizá los líos en los que se mete sean tan viejos como la propia literatura y esa delgada línea roja que separa realidad y ficción. Emmanuel Carrère, premio “Princesa de Asturias” de las Letras desde ayer, merodea la línea con la marcada base autobiográfica de una escritura que no deja de ser ficción. Narrarse a uno mismo es uno de los grandes motivos que nos pueden llevar a escribir, pero haciéndolo también contamos al mundo y al otro. Carrère parece sentirse cómodo en esa tensión creativa entre la exploración del yo y la exploración del mundo exterior, en esa correspondencia, un verdadero eco entre el yo y lo que no soy yo. Cómodo con su poderoso dominio de ese híbrido que es la no-ficción, donde se ha hecho con una fórmula personal y difícilmente imitable basada en una compleja amalgama de reportaje, crónica y biografía con la que ha resuelto títulos ya icónicos como “De vidas ajenas”, “El adversario”, “Una novela rusa”, “Limónov”, “El Reino” o “Yoga”.

Precisamente su última novela lleva a la máxima expresión lo que podríamos llamar una autobiografía psíquica que viene in crescendo desde libros anteriores. Libros formados por elementos muy diversos que normalmente no deberían estar juntos, autobiográficos, caóticos, en crisis. Pero esa idea parece ser una especie de credo de escritor en su caso. Si hay dos cosas que no tienen motivos para ir juntas, él las une, pero quizá no tanto por desafío como por una experiencia vital conformada por todos esos elementos un poco disparatados: la práctica del yoga y el interés por contarlo en un libro, junto con el impacto del terrorismo a través de un amigo asesinado en el atentado de Charlie Hebdó, el internamiento en un psiquiátrico y la estancia en la isla de Leros donde intentó ayudar a jóvenes inmigrantes. Todo ello forma parte de un libro porque forma parte de la misma experiencia humana. Y de eso tratan todos sus libros, de la experiencia humana, la propia y la ajena, cuyo dilema moral acerca de lo que se cuenta o no, hasta dónde quiere llegar dedicándose a escribir sobre otros, le persigue dentro y fuera.

Por cierto, acaba de publicar en “L’Obs” un reportaje sobre la paidopsiquiatría y las víctimas de pedofilia. A ver si va por ahí su próxima novela.

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