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Matías Vallés

No preguntes si me he vacunado

La cuestión de moda

Despediría sin contemplaciones y por falta de imaginación a un periodista que me presentara un artículo sobre la etiqueta de la inmunización, y sobre la pertinencia de preguntarle a un amigo o compañero de trabajo por su vacunación. Sin embargo, el “New York Times” acaba de abordar la cuestión sobre el «¿te has vacunado?» en la oficina, por lo que despediría sin las mismas contemplaciones de antes al columnista que se desmarcara de la cuestión fundamental de la nueva normalidad. Consiste en contar a cualquier persona con la que te cruzas hasta el mínimo detalle del ceremonial del pinchazo, de los trofeos obtenidos y las secuelas padecidas. Ninguna faena de un torero en el ruedo ha sido tan comentada como cada banderillazo de un enfermero en los vacunódromos.

Una vez planteado el dilema con tanta prosopopeya, habrá que brindar una respuesta. No, no se puede preguntar a nadie, ni siquiera a la pareja siempre inestable, si se ha vacunado, ni cuándo ni cómo. Es una cuestión más incívica, antes decíamos maleducada, que indagar sobre la religión o las inclinaciones sexuales (y si desconoces las de tu pareja, es más inestable de lo que pensábamos). De hecho, una secuela indeseable de la pandemia es la hermandad farmacoepidemiológica, en que hasta los asintomáticos que no se enteraron de que atravesaban el virus refieren la angustia de su experiencia con detalles innecesarios.

Precisamente por tratarse de una cuestión controvertida y voluntaria, de la inmunización de una persona se desprenden valoraciones que no está obligada a divulgar. Incluso los partidarios de la vacunación crítica optamos por el recato. La discreción excluye sin embargo a los periodistas, inmersos con deleite en el mundo de la farándula, ¿o hace mucho que no ven un telediario? Lo que sucede es que me he quedado sin espacio para detallarles mi experiencia concreta, tan apasionante como los otros treinta millones de pinchazos en el hombro.

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