La ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, estará la próxima semana en Asturias. La visita brinda una ocasión óptima para conocer de primera mano la sensibilidad del Gobierno de la nación con los problemas de un territorio que necesita repensarse y acometer con decisión el diseño de una economía sólida por la vía de un modelo industrial más verde y digital. Tiene en la región varios frentes abiertos la titular del citado Ministerio, entre otros, las consecuencias del fracaso en la venta de la factoría de Alcoa; el futuro aún incierto de Duro Felguera, con el desembolso pendiente del segundo tramo del rescate estatal; el papel de Hunosa en un escenario de desinversión en combustibles fósiles, y el elevado precio de la factura eléctrica, que compromete gravemente la competitividad del corazón industrial de la región.

Las empresas radicadas en Asturias están haciendo un importante esfuerzo para adaptarse al enorme impacto que supone la transición a un nuevo e inaplazable modelo energético. Y ese esfuerzo merece, si no recompensa estatal, sí al menos una justa compensación. Debe saber la ministra Reyes Maroto que la sensación general es, sin embargo, de abandono.

La estadística más reciente confirma la fortaleza del sector, que representa el 17,9 del PIB asturiano. Tras dos años de caída, la producción de la industria regional vuelve a crecer. El repunte comenzó el pasado marzo, con un aumento del 3,6% respecto al fatídico mes de 2020 en el que comenzó la pandemia. Destacó el efecto tractor del sector metalúrgico, el de mayor avance: un 12,3%, según los datos de la Sociedad Asturiana de Estudios Económicos e Industriales (Sadei). La recuperación fue aún más evidente en abril. El Principado lideró el ranking de actividad industrial en España con un rebote del 60%, el cuarto del país, solo por detrás de Navarra, Galicia y el País Vasco, y diez puntos por encima de la media nacional. Un año antes el coronavirus mantenía cerradas durante dos semanas las empresas no esenciales en todo el territorio nacional y Asturias lograba sortear, no sin conflicto con la autoridad estatal, el drama.

El buen hacer de la industria regional debiera hallar correspondencia en el reparto de los fondos europeos, tal vez el último tren que pase con garantías de conducir a esta región a un futuro próspero. Conseguir la mayor cuantía posible de esos dineros obliga a un despliegue de talento y diligencia que no admite demora. Ya se ha escrito más veces en este mismo espacio editorial. Que el Gobierno asturiano haya anunciado contrataciones por tres años para dar curso a los proyectos que recibirán ayuda de la UE para la reconstrucción pone de manifiesto las ineficiencias que arrastra el Principado. Al ciudadano de a pie puede resultarle cuando menos sorprendente que una Administración autonómica que da empleo a 12.000 funcionarios –sin contar a los adscritos a los sectores sanitario y educativo– tenga que incorporar a más personal para gestionar las partidas del fondo NextGeneration. Pero más vale actuar ahora que lamentarse luego.

A la vista de la necesidad de gestionar con rapidez y efectividad el cada vez más próximo maná comunitario preocupa, y mucho, el estado de opinión que se percibe en Asturias, sin una estrategia industrial convincente e incluso con peticiones de dimisión. El auxilio económico que llegará de Europa, por el que habrá que competir con iniciativas sólidas y bien argumentadas, representa una oportunidad única. Sobran pues inconcreciones, debates estériles y fricciones entre consejerías tanto como se echan en falta ideas claras, firmeza política y un aparato burocrático más resolutivo en un momento crítico.

De los partidos, sindicatos y demás interlocutores sociales se espera altura de miras, desterrando intereses espurios y personalismos fatuos en aras de un consenso que se antoja esencial. Tejer alianzas ayudará a hacer valer ante Madrid y Bruselas los poderes de la industria asturiana. No es buen augurio que toda la oposición exija un cambio de rumbo ni que CC OO se haya apeado de la Estrategia Industrial de Asturias 2030, una tentativa de compromiso de mínimos que apadrina el Ejecutivo autonómico con el respaldo de UGT, la patronal FADE y la Universidad de Oviedo. De igual forma que se acusa al presidente Barbón y su equipo de falta de liderazgo y se le reclama un golpe en la mesa para que Pedro Sánchez empiece de una vez a ser más receptivo con las justas reivindicaciones de la región, hay que pedirles también a Podemos e IU, con asientos en el Consejo de Ministros, que cambien la estrategia de la prédica por la de ofrecer trigo.

La pandemia y sus exigencias de esfuerzo sanitario han aplazado o puesto sordina a la gestión de los grandes asuntos que comprometen el futuro, entre ellos, la obligatoria reindustrialización. Embridado el covid, el Principado está obligado a defender aquí pero también ante el Gobierno de España un marco que permita diseñar una economía regional más robusta y solvente. Ojalá la visita de la ministra Maroto marque un punto de inflexión.