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José Antonio Díaz Lago

¿Lo que no te mata te hace más fuerte?

El riesgo evidente para el Estado de los excesos nacionalistas

La correlación de fuerzas desigual no solo se da entre países, sino que a veces ocurre entre territorios de un mismo país, usualmente con idénticas consecuencias negativas para quien se muestra débil y afronta los conflictos pensando que las cesiones provocarán la comprensión de la otra parte, lo que rara vez ocurre. En la historia de España hay sobrados ejemplos de a donde han conducido las concesiones basadas en la debilidad y no en la fortaleza. Se extienden desde siglos atrás hasta nuestra historia más reciente, que comenzó en la transición y aún persiste. Lo que no cambia son los resultados, veámoslo recordando algunos hechos.

Un personaje tan controvertido como Simón Bolivar, tras darse cuenta de que desligarse de España apoyándose en Gran Bretaña no resultaba un negocio tan boyante como habían supuesto los “libertadores” lo reconocía amargamente al reflexionar que “formado una vez el pacto con el fuerte, ya es eterna la obligación del débil”. En efecto, la voracidad británica, potencia hegemónica de la época que había instigado la disolución de la estructura territorial de España, imponía rutas comerciales y escenarios económicos que asignaban una posición subalterna a los países emergentes, a la par que los hacía dependientes de una nueva metrópoli, inglesa por supuesto. Se producía una suerte de colonización informal, que no parecía propiciar entonces ni parece haberlo hecho después el desarrollo social, económico y político de Sudamérica.

Siglo y medio antes, en 1640 los sempiternos nacionalistas catalanes, quejosos de España, habían puesto a Cataluña bajo la protección de Francia, nombrando al rey francés conde de Barcelona. Contrariamente a los españoles, los franceses se apropiaban de títulos y dignidades, no daban validez alguna a los documentos escritos en catalán y hasta prohibían hablar el idioma, así que Cataluña emprendió voluntariamente el camino de vuelta, no sin tener que renunciar al Rosellón y la Cerdaña, que quedaron para siempre en manos francesas. No hubo represalias y los fueros se siguieron respetando hasta su desaparición posterior con el decreto de nueva planta, aunque Cataluña, región entonces pobre, se convirtió, merced a políticas proteccionistas y a inversiones cuantiosas, en la zona más rica de España.

Actualmente, son conocidas las aspiraciones y expeditivas maneras de querer obtenerlas de los nacionalistas catalanes, pero no son las únicas coacciones que hay que sufrir. Desde otro territorio influyente, el maquiavélico personaje que siempre está a la cabeza de los nacionalistas vascos, que antes podría llamarse Arzallus y ahora podría llamarse Ortuzar, ya no se detiene en asuntos de alta política y, sin pararse en barras, amenaza al Gobierno de la Nación con “retirarle su apoyo” si inicia una guerra judicial por las restricciones. Si por discusiones respecto a las aperturas horarias son capaces de llegar a ese extremo, imaginémonos lo que será una reunión bilateral para delimitar el cupo vasco (la cantidad que por aplicación del concierto económico el Gobierno Vasco debe transferir al Estado, dado que recauda la práctica totalidad de los tributos a través de las potentísimas Diputaciones Forales) y con qué fuerza pueden hablar los representantes estatales en esas reuniones. No es extraño que la financiación por habitante del País Vasco sea considerablemente superior a la de otros territorios o que el impuesto de sociedades tenga un tipo impositivo inferior al del resto de España (con obvios efectos beneficiosos para su economía, especialmente cuando los territorios colindantes o cercanos, entre los que podemos incluir a Asturias, tienen tarifas superiores). Alguien podría pensar que este es un ejemplo claro de discriminación territorial o de falta de equidad del sistema de financiación, pero el portavoz del grupo vasco en el Congreso, Aitor Esteban, es más sutil o quizá más socarrón: lo llama “ecosistemas tributarios diferentes”.

Conocida es la frase según la cual “quien no conoce su historia está condenado a repetirla” y bien parece en algunos momentos que por ese camino vamos. Con independencia de la opinión que merezca a cada cual la concesión de los indultos a los nacionalistas catalanes y, por tanto, del juicio sobre la pertinencia de su aplicación (razones y análisis hay de sobra en los medios para mantener cualquier opinión), lo que es incuestionable es que los indultos parecen resultar imprescindibles para garantizar la estabilidad, e incluso continuidad, del Gobierno de la Nación. Tal dependencia resulta excesivamente costosa y un precio que, desde un punto de vista institucional, parece bastante humillante satisfacer, aunque se enmarque en la rica diversidad española y se encubra con invocaciones a la magnanimidad o espíritu de dialogo y se base en informes estratégicos que quizá justifiquen los veinte millones de euros anuales que los presupuestos generales del Estado asignan para personal asesor directamente dependiente del Gabinete de Presidencia del Gobierno.

Viendo el escenario, puede ser un consuelo pensar que lo que no te mata te hace más fuerte, como habitualmente se dice, pero como siempre hay mentes díscolas, me viene a la cabeza un relativamente reciente artículo - situado entre los cinco más leídos de la historia de la revista Atlantic, fundada en Boston a mediados del siglo XIX- cuyos autores Lukianoff y Haidt sostenían, al menos como provocación, lo contrario, es decir “lo que no te mata te hace más débil” porque ¿a quien le interesa experimentar malas experiencias, pasar malos tragos o tener que hacer frente a catástrofes públicas o privadas reiteradas?. ¿No será el empeño en ver el lado positivo de las cosas una protección psicológica ante situaciones que directamente carecen del mismo? Si así fuera, nuestra estrategia política consistiría en algo tan poco recomendable como ir al pozo, echar la soga tras el caldero y pretender después sacar agua.

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