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Saúl Fernández

Crítica / Teatro

Saúl Fernández

Un Rato dramático

La realidad no es lo que era. Como le pasó antes al futuro porque, en un momento dado, la idea del porvenir que había apremiado la vida se disipó abatida por la verdadera realidad. O así. Que se lo digan a Rodrigo Rato, que nació para héroe del milagro español y se quedó en personaje teatral: una defenestración esplendorosa. Un tío que vicepresidió el Gobierno, que negó al líder, que lideró el Fondo Monetario Internacional y que se cobró los gastos corrientes con una tarjeta negra; la llamaban “black”, pero, en realidad, era “negra”. Auge y caída del presente perfecto. De todo esto habla “Sueños y visiones de Rodrigo Rato”, una comedia “verbatim” (documento) sobre la personificación de los años noventa, que daba gloria verlos, y también de su caída. Rodrigo Rato no nació para presidir el Gobierno después de José María Aznar, en realidad nació para protagonizar la comedia que acogió antes de anoche el teatro de Centro Niemeyer. De verdad. Nada de milagros, nada de presidencia de Caja Madrid, nada de nada… sólo el tiempo como espejismo que fue y que nos ha llevado a la actualidad más actual. Que se lo digan a los asturianos: de su época, de la de Rato, viene el desmantelamiento del sistema público industrial. Ni Ensidesa, ni Inespal, ni nada de nada.

Pablo Remón y Roberto Martín Maiztegui ganaron el premio “Jardiel Poncela” con una obra que se parece mogollón a la que se vio antes de anoche en Avilés. La comedia que tuvo forma de libreto ha ido cambiando en tanto en cuanto ha cambiado el objeto de la comedia. La realidad se ha comido a la ficción para que la ficción explique, de verdad, cuál es la verdad de toda aquella movida que transformó el país y lo introdujo en ese agujero que es el cráter de después del estallido de la burbuja financiera que acabó con el mundo.

Javier Lara y Juan Ceacero son los dos actores que dan vida a Rato, al padre de Rato, al presidente fraudulento del exbanco de Siero, a José María Aznar, a Manuel Fraga Iribarne… Todos salen en el espectáculo: mitad teatro, mitad cine, escena mimética, fábula de destrucción, teatro dentro del teatro, técnicas de distanciamiento brechtianas. Un poco de Mayorga y su lamento de “El Mago”: “En esta casa hay mucha realidad”. O sea, un drama de telediario, pero teñido de amor por el héroe caído. Y los espectadores, hipnotizados en un auditorio que poco a poco recupera su propia realidad (palabra, han aumentado el aforo recortado, pero aún falta). Qué alegría. Palabra. Por la directora, por los actores, por los dramaturgos. E, incluso, por Rato. De verdad.

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