El sueño de la ciencia, como el de la razón, crea monstruos. Fueron científicos quienes inventaron las dos primeras bombas atómicas. Era necesario terminarlas antes que Hitler pero, cuando Alemania se rindió, las bombas se usaron de todos modos destruyendo Hiroshima y Nagasaki, mostrando que la humanidad había adquirido la capacidad de autodestruirse.

En ocasiones, los males de la ciencia no se deben a su exactitud, como en el caso de las armas nucleares, sino a sus errores. Como cualquier otra actividad humana, la ciencia es falible. Millones de dosis de la vacuna de la polio fueron contaminadas por el virus SV40, que afortunadamente sólo produce enfermedades en simios y roedores. Hubo suerte esa vez.

Los deslices en los laboratorios de virología, incluyendo la fuga de virus, son raros, pero existen. Sin ir más lejos, en el año 2004, dos científicos fueron infectados de forma independiente por el coronavirus que causa el SARS en un laboratorio de Pekín. Los infectados contagiaron a otros siete antes de que se contuviera el brote. Los laboratorios son fuentes de contagios, pero es preciso añadir que un brote iniciado en un laboratorio nunca ha originado una pandemia. Hasta ahora.

El 30 de diciembre de 2019, el Programa de Monitoreo de Enfermedades Emergentes informó sobre la existencia de una neumonía de causa desconocida en Wuhan (China). Ha llovido mucho desde entonces. Primero se identificó el coronavirus causante, el SARS-CoV-2, después se caracterizó su transmisión y se identificó cómo producía el síndrome y, por último, se descubrieron terapias y creado vacunas para tratar a los enfermos y prevenir la infección.

El SARS, que precedió al covid-19, fue causado por un coronavirus que saltó de los murciélagos –su reservorio natural–, o de un animal intermediario, al hombre en un mercado donde se vendían animales salvajes vivos en la región china de Guangdong. Esto parece ser un hecho comprobado.

Quizá debido a ello, al covid-19 se le atribuyó un origen similar: un mercado húmedo de Wuhan. El gobierno chino impuso nuevas medidas para impedir la caza y venta de animales salvajes, y los mercados húmedos, lugares particularmente peligrosos, están ahora más controlados. Pero, conforme la investigación avanzaba, comenzaron a acumularse evidencias circunstanciales que sugerían que otro origen, muy distinto, era también posible.

En Wuhan, a diferencia de Guangdong, los ciudadanos no consumen murciélagos. Es más, no parece que sus mercados vendiesen murciélagos (aunque sí estaban a la venta muchos otros animales salvajes, incluyendo algunos que podrían ser intermediarios del virus). Pero, a tan solo 30 kilómetros de Wuhan, se emplaza un laboratorio de virología de máxima seguridad donde trabaja la doctora Shi Zhengli, una científica con reconocimiento internacional y experta en coronavirus, respaldada por colaboradores internaciones como Peter Daszak, experto mundial en zoonosis.

Cuando la pandemia fue identificada, Shi Zhengli declaró que había pasado noches sin dormir temiendo que uno de sus virus se hubiese escapado del laboratorio. Una vez secuenciado el agente del covid-19, ella negó que ese virus hubiese sido estudiado en su laboratorio. Pero, después de año y medio de investigaciones, no se ha encontrado un pariente cercano del virus en ningún animal salvaje, aunque a veces encontrar el virus en animales, como se ha visto con el del ébola, puede resultar difícil. También sorprendió a muchos virólogos la facilidad con la que el coronavirus se transmitía entre humanos.

Todas estas circunstancias llevaron a la OMS a investigar el posible origen del virus en el laboratorio de Wuhan. Una comisión de trece científicos viajó a la China. Al acabar sus estudios, que no pudieron ser muy completos por falta de datos, el equipo concluyó que el origen en el laboratorio era muy poco probable. Pero este informe no ha tenido un aprobado general, debido a la poca colaboración de la Administración china. Y también a que el líder del equipo de la OMS no fue otro que Peter Daszak, cuyas relaciones profesionales durante años con Shi Zhengli evidencian un importante conflicto de interés y suscitan dudas sobre la transparencia de las investigaciones. Si se demostrase la fuga del virus, no solo la reputación de Shi Zhengli, sino también la de Daszak, se verían en entredicho, con la amenaza de un corte de cuajo en el actual aporte de fondos internacionales a sus investigaciones.

A muchos científicos les ha costado aceptar la hipótesis de la fuga del virus del laboratorio debido a las teorías falsas de la conspiración y los intereses políticos –con tintes racistas– de la anterior Administración americana. Sin embargo, a raíz de los últimos acontecimientos, la esta teoría ha vuelto con más fuerza. Un grupo de científicos publicó el pasado 14 de mayo una carta en la revista “Science” exigiendo que se siga investigando el origen del coronavirus y que no se descarte la hipótesis del escape de un laboratorio. Comentarios parecidos han sido también publicados en “Nature” y otras revistas de ciencia.

No solo los científicos, también la Administración americana de Biden tiene dudas sobre las circunstancias que desencadenaron la pandemia. En una nueva vuelta de tuerca, el “Wall Street Journal” publicó un informe de los servicios de espionaje de los Estados Unidos notificando que tres investigadores del laboratorio de virología de Shi Zhengli ingresaron en el hospital con síntomas parecidos a los del covid-19 en el otoño de 2019, poco antes de que se declarase la pandemia. Biden ha dado tres meses a la CIA para que presente un informe definitivo sobre el origen del virus. China y Estados Unidos están enfrentados en una nueva guerra fría. Cabe preguntarse si la reacción de Biden es exclusivamente política –como proclama el gobierno chino– o si está respaldada por la ciencia.

Otro aspecto más inquietante es la sugerencia de que el virus fue manipulado en el laboratorio antes del accidente que ocasionó la fuga. Más específicamente, algunos científicos sospechan que en la secuencia del coronavirus hay un añadido que aumenta su infectividad. Estas mutaciones pueden tener un origen natural, pero no es fácil explicarlas por una evolución del virus, ya que no se encuentran en ningún otro coronavirus. Estas insinuaciones apuntan a que el laboratorio de Wuhan estaba produciendo coronavirus mutantes mediante la introducción de la secuencia llamada “doble CGG” en el genoma del virus para potenciar la infección células humanas. Y es posible que uno de esos coronavirus fuese el agente del covid-19. Esos experimentos no son imposibles: en otros laboratorios también se han realizado estudios parecidos con coronavirus y otros virus.

La ciencia, como toda actividad humana, es falible, pero la necesitamos para aclarar cuál ha sido el origen de un virus que ha causado una pandemia con 175 millones de casos y casi cuatro millones de muertes (unos datos que, en realidad, pueden ser mucho más altos). Es posible que el suspense y las intrigas sobre el origen del covid-19 duren años, pero todas las hipótesis deben ser investigadas bajo el microscopio por sus distintas y dramáticas implicaciones.

Aclarar el origen del coronavirus podría evitar nuevas epidemias y es una deuda que la humanidad tiene contraída con las víctimas de la pandemia.