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Jorge J. Fernández Sangrador

Arquitectura y Teología

La muerte de Gottfried Böhm

No cabe decir que, con el fallecimiento, a los 101 años de existencia terrena, de Gottfried Böhm, se extinga una célebre saga de arquitectos alemanes, ya que sus hijos Paul, Stephan y Peter prosiguen, en el mismo taller, el oficio de su padre. Markus, el cuarto, en cambio, se dedica a las artes pictóricas.

Un documental, realizado por Maurizius Staerkle-Drux, muestra el tejido y las obras de la familia Böhm a partir de la presentación de distintas historias, entrelazadas y protagonizadas por Elisabeth Haggenmüller, esposa de Gottfried y muy conocida también por sus trabajos arquitectónicos, y los hijos del matrimonio.

Se titula “Die Böhms. Architektur einer Familie” (Los Böhms. Arquitectura de una familia). Es de 2014. En inglés es “Concrete Love. The Böhm Family” (Amor de hormigón), haciendo alusión al “hormigón” o “concreto”, que los Böhm emplearon habitualmente.

Gottfried Böhm, Premio Pritzker 1986, falleció, el pasado 9 de junio, en Colonia. Figura como uno de los más representativos arquitectos de edificios religiosos de después de la Segunda Guerra Mundial en Alemania, pues diseñó, además de museos, teatros, centros culturales y viviendas, una sesentena de iglesias.

La más famosa es Mariendom, un santuario, meta de peregrinaciones, en Neviges, y un neto ejemplo de estilo “brutalista”, aunque a Böhm no le gustaba el que se hiciese uso de este vocablo para referirse a sus edificaciones religiosas.

Entre 1947 y 1950 reconstruyó, en Colonia, en la iglesia católica de St. Kolumba, destruida en 1943, una capilla para la veneración de la imagen gótica de la Virgen María, que se había salvado de los bombardeos, a la que se le dio el título de “Madonna in den Trümmern” (Señora entre los escombros).

Fue ésta una obra muy emblemática en su currículum vitae, no sólo por ser la primera que realizó en solitario, sin su padre, junto al cual se había iniciado en el oficio, sino también porque aquella silenciosa capilla, rehecha para que los fieles pudiesen orar ante la Virgen, se elevaba, en medio de la desolación postbélica en la que se hallaba sumida la ciudad, como un faro de esperanza.

Con una producción tan abundante y una participación tan cualificada en la vida de la Iglesia, no ha de extrañar, pues, el que el arzobispo de Colonia, cardenal Rainer Maria Woelki, y los obispos alemanes hayan ensalzado, en términos sumamente elogiosos, la figura del Gottfried Böhm, cuya obra creadora promanaba de una vivencia muy personal de la Liturgia.

Era esto, por otra parte, lo que había visto en el hogar de su infancia, adolescencia y primera juventud. Su padre, Dominikus Böhm, fue uno de los arquitectos alemanes que trataron de materializar las ideas teológicas del Movimiento Litúrgico, tan pujante en la primera mitad del siglo XX, en templos de nueva planta, en los que el altar constituía el centro de la iglesia. La asamblea de fieles, abandonando el uso generalizado hasta ese momento, se disponía ahora en torno a él para participar activa, significativa y fructuosamente en la celebración de la Eucaristía.

Fue por entonces cuando se levantaron las primeras, monumentales y desnudas iglesias de hormigón. Dios habita también en esas construcciones de materiales no empleados anteriormente como envolventes de los espacios sagrados, respondían los arquitectos de la emergente corriente a quienes la rechazaban y denostaban.

Pero ante las críticas e incomprensiones, tanto Dominikus Böhm, como otros arquitectos de aquel tiempo, hallaron soporte intelectual, teológico y litúrgico, para seguir adelante con sus innovadoras propuestas, en la reflexión de eminentes pensadores cristianos. «Esto no es un vacío; ¡esto es silencio! Y en el silencio está Dios», decía el teólogo Romano Guardini respecto a la Fronleichnamskirche de Aquisgrán, obra de otro titán de la arquitectura sacra, Rudolf Schwarz.

«En cuanto a la falta de imágenes de este lugar santo, el vacío en sí ya es una imagen. Dicho sin contradicción: un vacío correctamente formado respecto al espacio y la superficie no es ninguna negación de ellos, sino el polo opuesto. La relación es la misma, como la del silencio con la palabra», sostenía Guardini.

De aquella colaboración entre arquitectos y teólogos, a finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX, surgieron insólitos proyectos edificatorios con los que se pretendía repristinar la pureza, la esencialidad y la contemporaneidad de la fe cristiana en un mundo cuyas rápidas mutaciones ya se empezaban a apreciar en Europa Central.

Y fueron ellos precisamente quienes, al ordenar los espacios para que la inefable realidad del “mysterion” se manifestase encarnatoriamente en la cruda materia, la asamblea congregada y la sublime hermosura de la Liturgia, incoaron la dinámica eclesial que habría de hallar su momento culminante en la celebración del Concilio Vaticano II y en las subsiguientes reformas en la Iglesia.

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