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El Camino de Santiago y la literatura

La Fundación Valdés-Salas y la Universidad de Oviedo, en colaboración con LA NUEVA ESPAÑA y la Agrupación de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago del Norte, promueven desde hace tres años el premio “Alfonso II”, con el que se distinguen los mejores diarios y relatos de peregrinos del Camino de Santiago. Esta misma semana se presentó la publicación del diario de Herbert Simon, obra ganadora del premio en 2020 y que tiene la peculiaridad de haber sido escrita en 1980, relatando en primera persona la experiencia de un peregrino por el Camino Primitivo ese año, cuando eran muy pocos los que se aventuraban a recorrer un itinerario que aún estaba lejos de estar señalizado y acondicionado.

El Camino de Santiago y la literatura

La feliz iniciativa que constituye el premio “Alfonso II” contribuye a mantener viva una tradición centenaria, que es la de la escritura ligada a la peregrinación a Compostela.

En efecto, el Camino de Santiago ha generado en sus 1.200 años de existencia una rica literatura que encuentra en las crónicas, canciones, memorias o relatos personales de los peregrinos una de sus temáticas características. Ya en el siglo X el Himno de Fulberto de Chartes señalaba la llegada a Compostela de peregrinos armenios, griegos, apulios, ingleses, francos, dacios y frisos. La primera oleada de peregrinos ilustres dejó constancia escrita de su peregrinación, caso del obispo Godescalco de Le Puy, en 950-951.

Las más antiguas referencias documentales a los Caminos asturianos datan de finales del siglo XI, y corresponden a los relatos de la apertura del Arca Santa de la Catedral de Oviedo y con inventarios de las reliquias que contenía y que pronto se divulgaron por todo el continente europeo. En los siglos venideros abundarán cada vez más las referencias a estas rutas norteñas, tanto en canciones de peregrinos como en documentos legales (Partidas de Alfonso X o fueros de varias localidades jacobeas) y en diferentes relatos literarios escritos por peregrinos ilustres.

Muchas canciones de peregrinos de la Edad Media son de origen francés, y en las mismas se mencionan determinados lugares del Camino que destacan por sus características adversas para el tránsito o por sus peligros. La más famosa de estas canciones es la que alude a la importancia que en esos momentos tenía la peregrinación a la catedral ovetense para orar ante las reliquias que atesoraba su Cámara Santa:

Quien va a Santiago y no al Salvador / visita al criado y deja al Señor.

Entre los documentos legales, son muy interesantes las ordenanzas municipales de Oviedo del año 1245 y 1274, en las que se regula lo relativo al alojamiento de los peregrinos.

Cronistas como Antoine Lalaing, señor de Montigny, describen sus experiencias en los caminos de Asturias a comienzos del siglo XVI, destacando su dureza y comparándolo con el Camino francés. También lo hará Bartolomé Fontana, italiano que hizo el Camino en 1539 por la ruta costera, así como Esteban de Garibay en el siglo XVI.

Otros peregrinos ilustres serán Jacobo Sobieski, padre del rey Joan III de Polonia, que visitó Compostela hacia 1630, realizando el viaje entre Oviedo y Santiago; Guillermo Manier, sastre picardo que emprendió su peregrinación en 1726 y que escribió su relato diez años después, describiendo en el mismo el camino entre Santiago y Oviedo; y Jean Pierre Racq, peregrino francés que realizó su peregrinación en 1790, recorriendo un trayecto mixto entre el Camino francés y el costero.

Diferentes fuentes documentales dejan constancia del peregrinar de las clases populares en los siglos de más esplendor del Camino de Santiago. Destacan entre ellas los registros de los hospitales y alberguerías, que nos permiten ser testigos de su trasiego, sus identidades, su vida y su muerte, pues también constan los fallecidos durante el viaje de peregrinación. Los Libros de Fábrica parroquiales, en especial el de Difuntos, recogen referencias de peregrinos enterrados en las necrópolis de las feligresías, como se comprueba en numerosas parroquias asturianas.

En estos apuntes descubrimos el tránsito de personas rodeadas de un total anonimato, pues su nombre no quedó recogido en el momento de fallecer. Es el caso del anónimo peregrino francés que muere en 1445 en el Hospital de San Juan de Oviedo, dejando como propiedades sus vestimentas y otros bienes (un rocín con su freno y silla); o del peregrino que pidió ser enterrado en el templo de Santa María la Real de Oviedo en el siglo XVI, y del que aún se conserva su sepulcro.

A su vez, los peregrinos más humildes también quisieron hacer sentir sus voces a través de un lenguaje propio. Se trata de los grafitos, las inscripciones figurativas (cruces, elementos geométricos, instrumentos, personas o animales) o epigráficas (nombres, fechas) que grabaron en los muros de aquellas iglesias que gozaron de su principal devoción. Entre los principales repertorios de grafitos del Camino destacan los existentes en la catedral de Oviedo.

En el siglo XX la progresiva recuperación del fenómeno jacobeo hizo que cada vez fueran más los estudios y los relatos ligados al Camino de Santiago asturiano, destacando las obras de investigación histórica de Juan Uría Ríu, Juan Ignacio Ruiz de la Peña o María Josefa Sanz Fuentes, que nos permitieron tener un conocimiento más preciso de lo mucho que las peregrinaciones a Santiago y a San Salvador de Oviedo representaron durante las edades Media y Moderna.

En la actualidad, la ruta jacobea vuelve a vivir un momento de esplendor, que tiene su reflejo también en la literatura, caso de los diarios y crónicas de peregrinos que vuelven a cobrar auge en las últimas décadas y que iniciativas como el premio “Alfonso II” promovido por la Fundación Valdés-Salas y la Universidad de Oviedo no hacen sino consolidar.

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