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Anxel Vence

Amenazas de fogueo

Las denuncias por las intimidaciones de la campaña electoral madrileña

Volaban hace apenas unas semanas las balas y las navajas por la vieja vía de Correos, pero bastó el final de las elecciones en Madrid para que esa indeseada correspondencia cesara como por ensalmo. Se conoce que eran amenazas de fogueo y con fecha de caducidad. La noticia no puede ser más satisfactoria. Se sobreentiende que los ministros y demás cargos públicos están libres de ese acoso fuera del latoso período de las campañas electorales. No es que la costumbre de enviar anónimos haya entrado en decadencia. Bien al contrario, el anonimato es la base que sustenta el bronco diálogo –llamémoslo así– que se entabla diariamente en las redes sociales. Más que un debate, se trata de un combate entre gentes embozadas que compiten en decir la mayor barbaridad al amparo de un seudónimo. Antes, durante y después de la epidemia, casi todo el mundo se mueve bajo la máscara de un nick por las alcantarillas de internet.

Se conoce que los autores de los envíos de proyectiles y facas albaceteñas por vía postal eran gente antigua. El correo ordinario ha pasado a ser de uso más bien raro; y ya solo algunos excéntricos escriben cartas en papel, con sobre, sello y el uso del tradicional buzón. La única explicación a este retroceso es que todavía no se ha encontrado un método para enviar objetos –punzantes o no– de un ordenador o un telefonillo móvil a otro. Puede que sean nostálgicos de otros tiempos, pero a los remitentes de balas tampoco les quedaba otro conducto que el de la vieja Posta.

Poco duró este breve repunte de correspondencia en la casa de Correos. Tan pronto se cerró el escrutinio de los últimos comicios regionales, desapareció el trasiego de sobres con munición. Fácil es deducir que al enemigo solo se le intimida en época de recaudación de votos, lo que no deja de ser un alivio.

Tan feliz y abrupta interrupción dará que pensar a los malpensados sobre la posibilidad de que las amenazas no fueran tales, sino meros actos de marketing propios. A fin de cuentas, las campañas electorales se parecen mucho a las militares desde que Von Clausewitz sentenció que la guerra es la continuación de la política por otros medios.

No falta siquiera quien se malicie una actuación de las que suelen llamarse de “falsa bandera”. O un autoenvío de amenazas, que viene a ser lo mismo. Si uno quiere atribuir al competidor mañas de matón de barrio, nada mejor que esta clase de envíos postales. Aunque la sospecha, cierto es, no esté acompañada de prueba alguna. Cualquiera de las hipótesis que se manejen para explicar estos singulares sucesos es deprimente por igual. Malo si las amenazas fueran falsas o persiguiesen solamente un beneficio electoral con métodos tan deplorables; y peor todavía, como es natural, si respondiesen a un auténtico propósito de hacer daño. Solo es de esperar que en próximas campañas las balas vuelvan a sus cananas, que es donde deben estar. Las amenazas, aunque sean de fogueo, producen muy mal rollo. Y no dicen nada bueno de la salud cívica de un país.

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