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Camilo José Cela Conde

Ciencia ficción

El diálogo entre Sánchez y Aragonès

Entre las noticias, comentarios editoriales, columnas y declaraciones que he leído con esmero –porque la ciencia ficción me apasiona– se lleva la palma un titular que dice: «Sánchez y Aragonès se acercan para blindar el diálogo. La mesa entre gobiernos podría demorarse para facilitar los pasos de ERC ante Junts». Es decir, que lo mejor para asegurar el diálogo es dejarlo de lado en beneficio de quienes no forman parte de los contertulios. Cosa que pone en evidencia el aspecto más interesante del trinomio indulto/diálogo/distensión: que la fórmula que los partidarios de esa cadena dan por idónea para resolver el problema enquistado desde la época en que el presidente de la Generalitat era Maragall se basa en un malentendido. Porque con quien debían dialogar los partidarios de hacerlo es con el verdadero protagonista del enfrentamiento: Puigdemont. Igual se dejaba claro así hasta dónde llega la voluntad de pactar y quién quiere hacerlo.

En la misma página (digital) del diario que titula que lo mejor para el diálogo puede ser posponerlo viene una entrevista con el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, encabezada por su frase más contundente: «No había alternativa al indulto». Si nada menos que el ministro de Justicia dice eso respecto de cómo se ha de tratar un golpe de Estado, será cosa de creerle. De acuerdo: no se podía hacer otra cosa por más que haya quien piense que se puede, por ejemplo, respetar las sentencias de los tribunales. Pero si damos por buena la afirmación del ministro la pregunta obvia es ¿y ahora, qué? No lo olvidemos: el diálogo. Pero el ministro Campos le pone límites curiosos: ve implanteable la amnistía o el referéndum, es decir, justo lo que los dialogantes secesionistas, si resuelven sus problemas internos, van a plantear.

Y entonces llegaremos de nuevo al callejón sin salida o, mejor dicho, el que lleva a la salida de convertir lo implanteable en necesario porque no existe ninguna otra alternativa. Se repetirá así el camino seguido con el indulto, tenido por ridículo con los propósitos constitucionales en la mano y derivado en imprescindible. Los filósofos anglosajones hablaban de la pendiente resbaladiza a la que llevaba cualquier claudicación de principios esenciales. Yo creo que tenían razón porque los mismos argumentos, idénticos en todo, pueden aplicarse tanto a la necesidad del indulto como a la exigencia de amnistía y referéndums sucesivos hasta que salga lo que el supuesto dialogante quiere. Por supuesto que, a partir de ese momento, el diálogo pasa a ser absurdo e incluso delictivo para quienes han logrado lo que querían.

Hasta los relatos de ciencia ficción exigen una conclusión, aunque ésta sea la del fin del mundo. Sabremos hacia dónde va la salida en cuanto comience el diálogo. Es decir, cuando Puigdemont le dé su visto bueno.

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