Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Charo Izquierdo

Charo Izquierdo

Directora General de Revistas de Prensa Ibérica

Machos llorones

Las lágrimas de Antonio Garamendi y Sergio Busquets

Lo advierto en las primeras líneas, aviso para navegantes: me encanta ver llorar a un hombre. No tanto a los que quiero, sobre todo si su llanto es provocado por el dolor, que me desarma. Me gustan las lágrimas de los hombres públicos, de los famosos, de aquellos que son referentes en su campo. No por sadismo, desde luego. Más bien porque su llanto es patente de corso para nosotras, las mujeres, a las que siempre nos pidieron que reprimiésemos las lágrimas si no queríamos ver ensombrecida nuestra valía. La profesional, claro. Porque la mujer podía llorar en lo más íntimo, en el hogar. Hasta nuestra época ha llegado una frase “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”, atribuida a la sultana Aixa, que fue la madre de Boadil el chico, el último rey islámico de Granada que lloró al salir de la Alhambra entregando las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos. Horrendo, desde nuestra perspectiva. Pero así ha sido.

Por eso, gracias Antonio Garamendi y Sergio Busquets por romperos en público. Gracias por demostrar con un “simple” gesto vuestra humanidad más allá del género, y por ende vuestra hombría, vuestra honestidad, fundamentalmente con vosotros mismos. Esta imagen del presidente de la CEOE, el empresario en jefe, llorando por la emoción de unos aplausos de sus asociados vale el respeto social. Que él mismo asociara las lágrimas y el aplauso al reconocimiento del dolor sufrido por las críticas a unas opiniones suyas es aún si cabe más loable. Porque en el reconocimiento del dolor ante una injusticia vuelve a haber un acto humano, que hasta hace muy poco se asociaba a la mujer pero se le recriminaba en determinados estamentos y momentos.

Lo de ver llorar a un futbolista no es tan raruno. Al fin y al cabo, en público se dan codazos y patadas que a veces son incluso admitidos y, bueno…, escupen, algo que ningún personaje público haría en un normal desempeño. Y se quitan la camiseta. Y se abrazan entre ellos, los únicos yo creo que se han abrazado en época covid bajo todas las miradas. Pero no es tan común eso de llorar como Busquets, de emoción y diría que como válvula de escape, como cuando la presión ya no te deja respirar, como una caldera cuya presión sube y ya solo puede funcionar si suelta agua; al fin y al cabo el cuerpo es un 70% de agua y dicen que el organismo, y sobre todo el corazón, exhiben la perfección de una máquina.

Las mujeres hemos hecho muchos Garamendi y muchos Busquets. No estoy segura de que hayan sido siempre tan bien comprendidos, tan aclamados, tan aplaudidos. Pero no le quitemos mérito por ello; hay que aplaudirlo. Entre otras cosas porque tiene que ver con algo tan humano como las emociones. Pero también con un viaje sin retorno a la equidad y al reconocimiento del ser por encima de todo en cualquier actividad. Podríamos decir que la emoción, las emociones, y el agradecimiento son dos valores al alza en la cotización empresarial. Y en ello tiene mucho que ver, creo, una mayor preponderancia de lo que suele llamarse liderazgo femenino, es decir que a más mujeres liderando mejor comprensión emocional. En una reciente reunión con la directora de textil internacional de Carrefour, Beatriz González, reconocía que las mujeres que habían llegado a unas determinadas posiciones directivas tenían en general que agradecérselo a los hombres que habían confiado en ellas. Me encantó. Pero quiso la casualidad que unos días más tarde escuchara a la directora del museo Lázaro Galdiano, Begoña Torres, hablar de cómo habían sido importantes las mujeres no solo en la vida del coleccionista sino en su propia vida como intelectual y mecenas. De hecho, habló de tres grandes influencias femeninas. Importantísima, en primer término, su esposa Paula Florido, entre otras cosas, por ser una mujer muy adinerada. En segundo lugar, la escritora Emilia Pardo Bazán; ella en pleno romance con Benito Pérez Galdós conoció a José Lázaro Galdiano y tuvo una especie de amor loco por el que después se convertiría en su mecenas. Y la tercera fue Cristina de Arteaga, fundamental ya que gracias a su influencia dejó su legado al Estado sin ningún tipo de condición, tal y como se conoce en la casa museo que lleva su nombre. Lo contaba con motivo de la firma de un convenio de buenas prácticas de las empresas especializadas en búsqueda de altos directivos y consejeros. ¿Saben para qué? Para estimular la incorporación de mujeres, para incrementar la diversidad y ampliar la base del talento en los consejos de administración y en los comités de dirección. Un buen acto para pasar del llanto (femenino) a la acción.

Compartir el artículo

stats