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Puerta de honor

Doble reconocimiento, a un cocinero solidario y al arte de la gastronomía

Esta mañana en que junio termina me dan la noticia de que al cocinero José Andrés Puerta acaba de concedérsele el premio “Princesa de Asturias” de la Concordia 2021. Y más que noticia es un notición, pues la alegría va por partida doble: por asturianía y por gastronomía. Aunque ante todo, claro, por el propio José Andrés, con quien he compartido manteles en diversas ocasiones y siempre pude comprobar el entusiasmo desbordante que pone en todo lo que dice y hace.

Que un hijo de Mieres del Camino haya completado el trayecto hasta llegar a Barack Obama y Donald Trump (aún para salir tarifando con este último), esto es dos presidentes de la nación más poderosa del mundo, dice mucho en favor de un hombre que vio la luz por vez primera en el Principado, un pequeño rincón del planeta que desde hoy sin duda a los estadounidenses les va a sonar –y hasta a saber, con un poco de suerte– más y mejor.

Toda su trayectoria ha sido un ejemplo claro de esfuerzo y constancia, en especial porque ha jugado fuera de casa, no diré que en tierra hostil pero sí en territorio muy difícil por competitivo y descarnado para prosperar. En los USA o te pones sus chips –y hace falta ser hábil– o enseguida te ves cuesta abajo y sin frenos. Está fuera de cualquier duda que José Andrés ha triunfado en lo profesional, pero esta vez ha llegado aún más lejos, porque con sus acciones más recientes ha sabido salirse de un ámbito selectivo, como es el de la alta restauración, para centrar su mirada, a través de la ONG que creó hace unos años, en personas que no tienen ni por asomo acceso al mismo y a las que la desgracia acompaña y la necesidad aprieta. Por eso su cocina, como su voz, es a la vez privilegiada y solidaria: “Cambiar el mundo con mesas más largas”, propugna desde World Central Kitchen, la organización, y puede decirse, sin que se tome al pie de la letra, que cocina para los favorecidos por el día y para los desfavorecidos por la noche.

El premio de la Concordia, en paralelo, está asimismo entreabriendo una puerta a otros mundos, en este caso la cocina a la que José Andrés representa. Hace mucho que venimos sosteniendo lo que parece una obviedad: que la gastronomía es también cultura, como lo son las conocidas categorías que integran las artes y las letras. Que un gorro blanco pise el escenario del teatro Campoamor, aunque sea en especial por otro concepto superior, como lo es la solidaridad, no deja de significar que la Fundación que otorga las distinciones entiende implícitamente que alimentar es –y si con arte aún más– un asunto a tener muy en cuenta.

A no dudar, muchos de los beneficiados del chef asturamericano no llegan habitualmente a fin de mes. José Andrés, en nombre de todos ellos, ha llegado en el presente como el artista que es.

Enhorabuena.

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