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Manuel Herrero Montoto

El teléfono de la desesperanza

Las llamadas automáticas para la vacunación

Hasta no hace mucho, del otro lado del auricular, después del inquietante ring-ring, salía una voz modulada por cuerdas vocales que nos decía: hola, sí, dígame, soy X con quién hablo, el “aló” de los snob o personas de otras latitudes, Manolo al aparato, en fin, mil fórmulas había para romper el hielo al descolgar el teléfono e infundir al que llama la sensación de que vive en un mundo de personas normales. Hoy, el aparato es un tantán inhóspito, paradójicamente enemigo de la comunicación, que reduce a un criptograma y odiosas melodías enlatadas la esperanza de resolver a través del diálogo la cuestión que te inquieta y te perturba. Un ejemplo cercano, el teléfono de la vacunación que te informará sobre cuándo, cómo y dónde, y tú siempre me respondes, quizás, quizás, quizás, y así pasan los días, y yo desesperando, y tú, tu contestando quizás, quizás, quizás. Y el automatismo telefónico en bucle y el bichito pegando en el larguero. Pocos, muy pocos son los afortunados que llevaron a un final feliz la cháchara con la interlocutora de voz sintética. Sobre la información de vacunación a través del telefonito, el Instituto Adaptación Nuevas Tecnologías (IANT) realizó un riguroso estudio. En una población de 200.000 habitantes, sin reparar entorno sociocultural, las respuestas afirmativas a la pregunta ¿te aclaraste? son como sigue: entre los 60 y 65 años se aclaró un 1,2%; de los 65 a 70 las respuestas afirmativas alcanzaron un 0,23%; por encima de los 70 es preciso distinguir un grupo con AN (Asistencia Nietos) y otro SAN (Sin Asistencia Nietos), de los primeros un 21% dijeron sí, mientras en el segundo las respuestas afirmativas descendieron ostensiblemente, a un 0,0005%. Saquen ustedes las conclusiones.

Desde los orígenes del simio, el humanoide usa de los sonidos que emite su garganta para comunicarse con los suyos y jamás tuvo problemas para declarar amor, indiferencia u odio. Hasta que irrumpe una voz artificial y sintética teledirigida por un cerebro de neuronas de pacotilla y sinapsis de chichimochi. Otra vez la vanidad y el afán de ahorrar pasta, desplazando al hombre, nos somete al caos de la Torre de Babel.

Es evidente, evolucionamos hacia la estupidez y el desamparo. Los robots sin alma nos sustituyen, asumido, aunque esperaba que al menos no nos quitasen la palabra, pero lo hicieron, poderoso caballero, y la voz humana se incorpora a la cola del paro. Doy gracias a Dios por haber soltado los trastos a tiempo, no soportaría con resignación pasar una consulta telefónica, encima practicando la proctología: “Si le pica el culete, marque 1; si ve sangre en la caca, marque dos; si esta duro, marque 3. Nuestros proctólogos están ocupados. Manténgase a la espera”. Compases de chachachá: “Oye como va”, orquesta de Tito Puente.

Tiempos gloriosos los de ¡Encana, Encana, me ponga con Encana de noche…!

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