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Anxel Vence

Un “Gaudeamus igitur” con virus

Culpar a la juventud de los megabrotes de covid

Claman estos días los carcamales de cualquier edad contra los jóvenes que, en su irreflexiva pasión por divertirse, le han dado vidilla al virus en las fiestas de fin de curso. ¿Y qué otra cosa iban a hacer, después de más de un año de encierros, abolición de relaciones sociales y manos quietas por prescripción epidémica?

Cierto es que el coronavirus se ha cebado fundamentalmente con la parte más veterana de la población, como bien revelan las tablas de defunciones; pero no es menos verdad que a los chicos –y chicas– les ha robado un año y pico de vida. Todo un atraco a esa edad, si se tiene en cuenta que uno de los pocos inconvenientes de la juventud es que se pasa pronto.

Ahora se les culpa de imprudencia, que es defecto juvenil, a cuenta de la crecida que experimentaron los números de la pandemia en España tras el brote con epicentro en las Baleares. Acosado por las vacunas, el SARS-Cov-2 ha aprovechado, en efecto, las multitudinarias tenidas estudiantiles para recobrar impulso y elevar las tasas de contagio en un buen puñado de reinos autónomos.

Se trata de un descuido poco perdonable, desde luego; si bien habría que considerar además el papel desempeñado –o más bien no desempeñado– por las jerarquías al mando en este penoso asunto.

Los chavales se han limitado a ejercer de tales, como los de cualquier otra época. A fin de cuentas, el “Gaudeamus igitur”, himno estudiantil por excelencia, no hace sino convidar al disfrute de los años en los que la vida y las madrugadas parecen no tener fin. “Alegrémonos, pues, mientras somos jóvenes”, arranca la primera estrofa del “Gaudeamus”, con un argumento inapelable: “Después de la alegre juventud y de la incómoda vejez, nos poseerá la tierra”. Resueltos a cobrarse en unos días el año que el virus les quitó, los participantes en la ancha jarana de fin de curso no han hecho otra cosa que seguir las indicaciones del himno universitario. Aunque la mayoría de ellos celebrasen el mero paso de aduanas de la selectividad y, por tanto, no conozcan aún el “Gaudeamus”, es solo cuestión de tiempo que pisen los pasillos de la Universidad y tengan ocasión de cantarlo.

Infelizmente, este no es un año cualquiera, de tal modo que el coronavirus se encargó de hacer su propio examen de selectividad –o EBAU, que suena menos selectivo– a quienes se arriesgaron a pasar la prueba en macroconciertos, fiestas y demás puntos de evaluación. Calculan las autoridades sanitarias que el porcentaje de aprobados en contagio sumó cifras no desdeñables, si bien inferiores a las de la selectividad propiamente dicha.

Dicen los críticos más radicales de la monumental fiesta del megabrote que en sus tiempos no pasaban estas cosas; pero lo más probable es que les falle la memoria. Como a Sócrates, que ya en el siglo IV o V antes de Cristo se quejaba de que “la juventud de hoy es maleducada, ama el lujo, desprecia a la autoridad y no respeta a sus mayores”.

Otra cosa es que la gente de edad madura al mando del país debiera haber tomado las adecuadas disposiciones para evitar que una fiesta del todo previsible acabase como el rosario de la aurora. Mejor culpar a la juventud, que es de natural descarriada desde los lejanos tiempos de Sócrates.

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