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José Manuel Ponte

Megabrote y megabotellón

Las vacaciones de los estudiantes

Hay que recurrir a dos palabros, “megabrote” y “megabotellon”, para describir dos fenómenos sociales que movilizan, o afectan, a miles de jóvenes escolares. Lo acabamos de comprobar el pasado fin de semana. Las autoridades sanitarias se las prometían muy felices con la desescalada de la pandemia que permitía ampliar los horarios de cierre de la hostelería, y limitar el uso de la mascarilla. Eso, y el rápido avance de la campaña de vacunación, transmitió la engañosa sensación a la opinión pública de que la pandemia estaba vencida y muy pronto alcanzaríamos la “nueva normalidad” como nos había prometido el presidente del Gobierno, señor Sánchez.

Desgraciadamente, no fue así. Nadie contaba con el efecto negativo del desembarco en Palma de Mallorca de miles de escolares de toda España para celebrar el fin de curso. Una costumbre que ha ido sumando adeptos en los últimos años y que por lo visto pasó desapercibida para el Gobierno de la nación, para el Gobierno de las comunidades autónomas, para los gobiernos municipales, para los directores de los colegios y, sorprendentemente, para los padres de los alumnos de esa masa trashumante. Que, se supone tendrían que haber dado su permiso a los expedicionarios y (muy importante) el dinero necesario para financiar el viaje y una estancia en la isla de casi una semana. En la prensa he leído que el “paquete” turístico (billete de avión o de barco, habitación de hotel, manutención, fiestas, conciertos, etc, etc) podría salir por, más menos, 400 euros.

Los escolares llegaron en oleadas, con unas ganas enormes de divertirse como corresponde a gente de su edad y, por supuesto, sin vacunar y sin mascarillas, dado que (no sabemos quien) se había dado por bueno que los menores de ciertos años estaban inmunizados contra el coronavirus. El ejército de juerguistas se encontró con que muchos de los recintos donde se habían programado algunas actuaciones estaban cerrados. Pero eso no les hizo desistir y trasladaron a la calle sus ansias de diversión. Los resultados de ese “macrobotellón” fueron catastróficos y el número de contagiados se contó muy pronto por cientos.

Por si el lío no tenía suficiente madeja, la comunidad autónoma de las islas Baleares decretó el confinamiento de buena parte de los escolares y una jueza intervino negándole competencia para adoptar esa medida. La retirada de la tropa estudiantil encontró amplio eco en los medios que, en algún caso, le dio tratamiento de secuestro. De este episodio, nos faltan por saber muchas cosas, entre ellas quien pagará la factura de los gastos en alojamientos, autobuses, barcos y cualesquiera otros medios que se hubieran empleado en el retorno de los escolares al seno familiar.

Por cierto, también nos falta por saber si en ese viaje a Mallorca para celebrar el fin de curso está incluido el coste del billete de aquellos alumnos que suspendieron. En mis tiempos de escolar, el fin de curso no daba derecho a viajar a Mallorca. Y menos aún a aquellos a los que les quedaba pendiente de aprobar alguna asignatura. La ceremonia se limitaba a recoger las notas y los Diplomas y Matrículas de Honor a los más estudiosos.

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