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Carmen Martínez Fortún

Misterios

De Jorge Javier a la ministra Darias

En mi infancia de familia conservadora, aprendí que hay misterios insondables. Sí, es cierto que no sabemos cómo se originó el mundo y ninguna de las hipótesis acumula una evidencia total, pero no me refería a la ciencia, sino a las creencias que sobrepasan la razón. Más allá del misterio de la creación, que, al menos explicado en forma de metáfora admite todas las interpretaciones, están aquellos, como el de la Trinidad, imposibles de toda imposibilidad. Y otros como el del vino convertido en sangre, la carne en pan, un Dios que se deja matar y luego resucita y todos los que en familia rezábamos a la hora del Rosario y todavía no nos escabullíamos. Yo me rebelaba y las monjas me decían que tenía que dar un salto en el vacío, pero tal propuesta, nada convincente, solo me proporcionaba vértigo y gana ninguna de suicidarme.

Interpreto que Unamuno afirmaba muy a su manera que tal vez creer era cuestión de voluntad. Pero aunque pueda admitirlo en los grandes arcanos metafísicos, no consigo poner la suficiente para entender otras incógnitas de tres al cuarto, que escapan cotidianamente a mi comprensión, muy menguada ya por la edad, el estrés y el cansancio y la indignación almacenados desde marzo del 20. No comprendo, por ejemplo, el misterio de esas tirillas cosidas en el hombro de las camisas, camisetas y jerséis, que no sirven para nada más que para ir asomando por el cuello o por la manga, máxime cuando las han quitado de los pantalones y las faldas, donde serían mucho más útiles para colgarlos sin que se arrugaran. No comprendo que Jorge Javier sume audiencias y no haya sido ya vetado de todas las televisiones, ni que se le preste un segundo de atención a Rocío Carrasco. Tampoco que la ministra Darias, incapaz de mostrar las actas de la pandemia, pretenda que se aprueben sin ser leídas, ni su entusiasmo fugaz porque sustituyéramos mascarillas por sonrisas, que ya vemos a dónde nos está llevando.

La tonelada de mis misterios no cabe aquí ni en otros miles de artículos que escribiera, querido lector, pero al menos me alivia compartir mi frustración.

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