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Daniel Capó

Sánchez toma la delantera

El Presidente está convencido de que controla el pulso del partido

Que en Cataluña se va a votar parece ya algo obvio y seguro. Así lo sugieren los distintos voceros de ambos gobiernos. Lo que se va a votar resulta, en cambio, más problemático. Un referéndum de autodeterminación con carácter vinculante es imposible y no sólo por su evidente inconstitucionalidad: electoralmente constituiría un suicidio para el partido socialista. Y sabemos que nada resulta tan importante para Pedro Sánchez como su continuidad en el poder. Táctica pura, el sanchismo gradúa los riesgos conforme a las expectativas demoscópicas y al margen de cualquier consideración ideológica. La fragilidad parlamentaria del PSOE no debe confundirse con la debilidad del gobierno, que vive sus peores momentos tras el indulto a los líderes secesionistas, si bien es consciente de que le quedan dos años para revertir las encuestas. Y tal vez lo consiga, puesto que los vientos pueden serle favorables a partir de este momento.

En primer lugar, porque se sacarán las urnas para pacificar el nacionalismo catalán pero no se votará nada que quiebre el marco de la unidad nacional, auténtica línea roja en el imaginario del votante. Se realizará una consulta sobre el modelo territorial autonómico, sobre el federalismo asimétrico o sobre un nuevo estatuto. Se transferirán competencias y presupuestos, y además habrá un reconocimiento simbólico de las nacionalidades, seguramente en el texto constitucional. Sin embargo, no se irá más lejos; no, desde luego, en lo que queda de legislatura. En segundo lugar, porque la vacunación masiva y la llegada de los fondos europeos garantizan un notable repunte económico. Habrá dinero para mantener las pensiones y los sueldos públicos; habrá dinero para infraestructuras, campañas publicitarias y subvenciones. Y sólo una inflación agresiva y descontrolada –que obligase a subidas inesperadas de los tipos de interés– podría dar al traste con la recuperación. Eso o la aparición de una variante del virus capaz de burlar las vacunas y de forzar a un nuevo cierre del país. Lo lógico es pensar que nada de eso ocurrirá y que el impulso presupuestario y las favorables condiciones de financiación facilitarán un alto crecimiento económico. Y Sánchez no realizará ningún ajuste que le vaya a condicionar negativamente en las elecciones.

El presidente puede tener algo de aventurero, pero no avanza a ciegas. Controla el poder político y, gracias a las necesidades empresariales (y al dinero europeo), su influencia sobre los centros neurálgicos del poder económico va a ser cada vez mayor. Esto es algo que sabe la Generalitat, consciente de que nos encontramos en una situación muy distinta a la de hace una década. En contra de lo que parece, el poder de los Estados se ha incrementado exponencialmente con la pandemia. El virus populista de la izquierda radical decae –todavía no el de la derecha populista, pero todo se andará– y la UE se muestra menos dispuesta a tolerar el capricho de sus socios. Las mismas necesidades económicas, menos tolerantes con las veleidades nacionalistas, exigen un cambio de guion.

Si la concesión de los indultos representa el movimiento más delicado que ha realizado Pedro Sánchez hasta el momento –y el que más puede haber molestado a sus votantes–, ahora llega la hora de la distensión: buenas palabras, diálogo y generosidad presupuestaria. En la Moncloa están convencidos de que controlan el pulso del partido.

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