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¡Hasta siempre, maestro!

Calixto Fernández, exdirector del Museo Barjola, supo transmitir el amor por el arte a sus alumnos

Me llama la atención la alegría con la que muchos se dirigen a determinadas personas, quizá tratando de halagarles, con el calificativo de maestro. Ayer se nos fue una de esas personas que indiscutiblemente, se merecerían tal calificativo por más que tratase, a lo largo de su vida, de evitar recibirlo y admitirlo. Hace ya la friolera de sesenta y cinco años, los alumnos del Instituto Carreño Miranda de Avilés, recibíamos la llegada de un profesor de FEN y de Educación Física un tanto singular ya que, desde el primer momento, se convirtió en lo que hoy sería un animador cultural mucho más preocupado de la formación integral de personas que de la ideología y el adoctrinamiento que parecía debía corresponderle por su nombramiento profesoral. No tardó demasiado en conformar un grupito de aficionados a la pintura, entre los que me encontraba, para dedicarnos tiempo y tiempo de su vida, incluso sacrificando la suya familiar, para traernos y llevarnos en busca de paisajes singulares –por ejemplo los poblados chabolistas que circundaban Avilés– en vez de los tan manidos de “verdes mermeladas”, como a él le gustaba calificarlos, tan en boga por entonces. Él, Calixto, nos prestó sus preciados libros de la colección Skyra para que pudiésemos ver en color las reproducciones de pintores que apenas nos sonaban y él, Calixto, viajó con nosotros a Madrid para que en las fases nacionales de Arte Juvenil, pudiésemos encontrarnos y charlar, embelesados en nuestra inocencia juvenil, con Benjamín Palencia, Ortega Muñoz, Pancho Cossío o Rafael Zabaleta entonces en la cumbre de su fama artística.

Y él, Calixto, fue capaz de enfrentarse a sus superiores políticos para seguir inculcándonos, a nosotros y a otros muchos incipientes artistas asturianos, su admiración por Pablo Picasso, quien comunista como era, no gozaba de demasiada, diría que ninguna, simpatía en determinadas esferas. Y él Calixto, pagó caro tal atrevimiento cayendo, temporalmente, en el ostracismo y dejando a un lado una carrera que, si no brillante, hubiese sido próspera en lo económico. Él, Calixto, eligió ser consecuente, honesto e íntegro como lo fue ya durante toda su vida ante sus superiores y con sus, digamos alumnos, a quienes nos inculcó esas mismas ideas.

Nunca dejamos la relación y bastantes años después conseguimos integrarlo, pese a sus reticencias ya que tampoco quería que le considerásemos artista, en un grupo mitad artístico, mitad festivo, de nombre Glayíus y en el que se encontraban Elías Benavides, Juan Monte, José Santamarina, Consuelo Vallina y yo mismo en un ejercicio de amistad desinteresada y participativa. Por entonces, en el ejercicio de sus tareas funcionariales, ya se ocupaba en la Consejería de Cultura de los Museos de Asturias y no tardó, en decisión acertadísima del entonces Consejero Manuel de la Cera, en ser nombrado Director del Museo Barjola, una de las instituciones imprescindibles en Asturias en el mundillo del arte y que lo es, sin duda alguna, porque su actual Directora ha sabido dar continuidad a aquellas premisas por las que siempre se rigió Calixto en sus trabajos funcionariales y en sus decisiones vitales: consecuencia, honestidad e integridad. ¡Cuánto mejor le hubiese ido al mundo artístico asturiano el contar con personas “aficionadas” como Calixto en vez de tantos oportunistas “profesionales”! Es triste, sin duda, despedir a un amigo de toda la vida, especialmente si ese amigo te ha insuflado su mismo espíritu; por eso, Calixto, te digo, con desgarro emocional, ¡hasta siempre, maestro!

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