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Roberto Granda

El Club de los Viernes

Roberto Granda

En las fronteras de lo irracional

El Estado de derecho y la dictadura de lo políticamente correcto

Fue en la cadena radiofónica más escuchada de España, aún con cierto prestigio, y en un programa de esos que dicen de moda, transmitido por las ondas a la vez que por imágenes vía internet. Una chica joven, vivaracha, alegre, de vocación transgresora, celebraba con gran alborozo que una mujer le cortase el pene en el bar a su jefe y supuesto agresor, que la había intentado violar, y se deshacía en elogios ante la sujeta mutiladora, entre bromas y chascarrillos, para jolgorio y aprobación de los otros presentadores y, supongo, de su público.

Poco importaba que las investigaciones estuvieran lejos de su conclusión, que nadie había declarado culpable al hombre sin atributos, que ningún tribunal hubiera dictado la sentencia necesaria que justificase la mofa y el escarnio.

Al poco, la camarera fue detenida y los Mossos concluyeron que el intento de violación había sido un mero embuste, una sucia treta para encubrir su delito. Qué más daba ya. Nunca dejes que los hechos en frío, con su cruel certeza, estropeen un bonito ejercicio de sectarismo en prime time.

Cercana la fecha, en Granada, una mujer fallecía en su casa. El ultrafeminismo militante consideró que no había tiempo para autopsias ni otros engorros modernos, la sentencia ya debía ser dictada en Twitter, y recaía inmisericorde sobre el marido: culpable de crimen machista. Y a por el rédito que esperaba sacar ese infame ministerio de Igualdad que se sigue negando de forma sistemática a investigar los abusos sexuales a menores en Baleares. Alguna famosa presentadora también se lució queriendo ser juez y parte, con el desprestigio que eso conlleva, transmitiendo la imagen de que incluso los que deberían ser ejemplo de rigor sólo pueden ofrecer demagogia y prisas por etiquetar el drama con la versión que mejor se adapte a sus filias y sus fobias.

Se concluyó que el deceso se produjo de muerte natural, pero la jauría enfurecida ya había sido alimentada con el carburante que da el apuntalamiento del relato. Un relato que sirve para que continúe en marcha la maquinaria de un negocio tan rentable como lúgubre. Tétrico chiringuito aquél que depende de que las muertes violentas, reales o figuradas, tengan la delicadeza de adecuarse a su realidad.

Lo único realmente importante para estos trileros de la desinformación es colocar cuanto antes el punto de vista de su siniestra ideología, agitar las redes sociales y las efervescentes mentes de los más limitados en conceptos. Conceptos siempre cogidos por los pelos, tan prosaicos y simplistas que pueden ser vendidos al rebaño para rápida consumición. Como ocurrió con la muerte de Samuel Luiz en La Coruña, que aún estaba caliente el cuerpo cuando ya lo estaban exprimiendo sin tapujos ni decoro, haciendo impresentable uso político de la tragedia con una bajeza que no por conocida (Juan Carlos Monedero es un avezado sondeador de abyecciones) dejaba de ser indignante.

El drama que se extiende es que estos cabestros, indignos de un Estado de derecho, mezclan de manea natural la estupidez con una ostentación de la ignorancia. Satisfechos de no conocer absolutamente nada de los procedimientos judiciales, actúan en función del sectarismo más rudimentario, ya sabemos que no hay nada que se le ponga por delante a un tonto con una causa. Masas movidas por estímulos primarios y no por raciocinio, personas sin las herramientas necesarias para sopesar, valorar y pensar antes de bramar sentencias y juicios como el que berrea en la barra del bar.

Sobre la sociedad se va creando un perverso cuello de botella por el que lo políticamente correcto te obligará a pasar, tarde o temprano, para no ser tachado de machista, de fascista y de otras vacuidades desprovistas ya de sentido, por ser usadas machaconamente por personajes con una ínfima capacidad expresiva y más nimia cultura.

Con un par de leyes distópicas a la vuelta de la esquina, leyes que se ciscan en la presunción de inocencia e invierten la carga de la prueba, los exaltados en los medios seguirán difundiendo su odio irracional para preservar la ingeniería social que ya avanza desbocada, con alguna voz que pide prudencia y calma y que es consecuentemente avasallada. Extraños y penosos tiempos donde enarbolar la bandera constitucional que sustente el Estado de derecho se convierte en un inflamable acto revolucionario.

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