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José Martínez Jambrina

Maestro en fugas

Lo último de Carrère y González Sainz, dos lecturas recomendables en tiempo de tribulaciones

Cuenta San Agustín en sus “Confesiones”, libro que transcurre en ese campo minado que es la intimidad del autor, que no hay cultura literaria más entrañable que nuestra propia conciencia. Se sorprendía el Obispo de Hipona de que a la gente le interesase tanto la intimidad ajena y se preocupase tan poco de conocer y enmendar la propia. Se asustaría el inquieto hijo de Santa Mónica si echase un vistazo a la producción literaria actual, ahíta de autoficciones, diarios que son novelas o relatos reales, entre otros pecios aunque pocos autores escriben sobre su vida privada sin adulterar el género.

Pero estamos de enhorabuena. La temporada literaria ha traído dos excelentes trabajos donde los autores dan cuenta de alegrías o angustiadas tribulaciones, que les llevan a ir de un sitio a otro, buscando algo en que afirmarse.

Emmanuel Carrère ha publicado “Yoga”, donde relata los intentos que ha hecho durante más de 20 años por dar tranquilidad a su alma: psicoanálisis, meditación zen, diferentes terapias psíquicas y finalmente, la crisis mental, el internamiento en un centro psiquiátrico, los electroques, la ketamina en vena y al final, la tranquilidad le llega con las sales. De litio. El libro de Carrère es deslavazado, anárquico, atolondrado, fiel reflejo del naufragio existencial de su autor pero vivo, vibrante, veraz y con sabor a ser humano.

La otra sorpresa ha llegado con el libro de José Ángel González Sainz, uno de los mejores novelistas españoles (más novelas de José Ángel, por favor), que ha publicado “La vida pequeña. El arte de la fuga” primera entrega de una trilogía. “El arte de la fuga” es un dietario que el autor ha ido elaborando durante estos 18 meses de pandemia y pavor y que estructura en 63 capítulos muy breves donde el escritor desova las preocupaciones que le asedian desde hace algunos años: la degradación de lo real, de lo fáctico, el triunfo del populismo y la banalidad asociada, las muchedumbres sobornadas por la manipulación mediática, la sociedad civil controlada por un Estado omnisciente que le ha expoliado la razón de ser, el ruido, la prisa, el imperio de la ocurrencia y la opinión aniquilando el conocimiento, el esoterismo y la ideología ocupando el lugar de la ciencia y del esfuerzo. Ante esta colosal catástrofe de nuestra sociedad civil, González Sainz se conjura con textos de Hölderlin, Machado, Camus, Thoreau, Zweig, Rilke Montaigne, Handke o Séneca para darse una salida heroica hasta recuperar la alegría perdida. Y esa salida implica, como en el caso Carrère, una huida a lo real, “por recuperar la vigencia de la realidad, el mejor antídoto contra la filfa y el barullo de nuestros días”. González Sainz se ha reencontrado con esa alegría, con la pausa necesaria para dar cuenta de lo real al volver a la ciudad de su infancia, a su Soria natal. “Siempre se vuelve a la casa del padre”, decía Novalis.

Una cuidada y minutissima prosa trabajada con pulso artesano sostiene un libro, “El arte de la fuga”, con el que el lector pasará un rato muy ameno, a ratos desopilante como en el episodio de Menorca o con el dúo de bebedores de cerveza o bien, de un lirismo grave, como cuando el niño de dos años que fue el autor, descubre en soledad el sonido de la lluvia en un cobertizo y el pavor de sus padres por saber donde encontrarle, como pasaba en aquellos “Secretos del corazón” que filmó Armendáriz.

En “Yoga” y sobre todo en “El arte de la fuga”, los autores cuentan sus respectivas huidas buscando aguas más tranquilas donde sea posible que fluya el “contenido ardor del pensamiento”, que siempre buscó Claudio Rodríguez o donde, Albert Camus dixit “por falta de tiempo y reflexión, uno no se vea obligado a amar sin darse cuenta”.

Sobre este deseo acuciante de escapar, uno de los motores de ambos libros, escribió Carmen Martín Gaite “Irse de casa”, su penúltima novela (1998). Gaite decía que la gente se preocupaba mucho de cambiar de casa cuando buscaba cambiar de vida pero que no siempre se acertaba. Gaite sabía del tema de tanto leer a Ignacio Aldecoa, maestro en fugas. Puede que incluso recitase arrobada y de memoria aquel texto que Aldecoa escribió en la isla de La Graciosa: “Pero “¿de quién huyo? No sabría decírmelo. Todo es demasiado vago. Pero rememoro, encontrando una suerte de compasión gozosa, lo que ha sido encastillado desastre y orgulloso cansancio de mi mismo.” Gaite viajó mucho, pero desde 1953 siempre vivió en la misma casa madrileña. Parece que huir ni siquiera explica la huida y que redecorar la vida, esa adorada máxima del conductismo tosco, no es mas que una publicidad de Ikea.

Sobre ese deseo de alcanzar la vida tranquila, escribió San Agustín: “La vida bienaventurada es esto: gozo de la Verdad”. Y escribe Sainz: “El desprestigio de la realidad de lo real, de la dura piedra del dato y la densa carne del hecho, se une al desconocimiento o al olvido inducido, de la devastadora potencia que puede alcanzar la realidad de lo irreal, sobre todo cuando una pavorosa maquinaria de comunicación se pone al servicio, bien acaudillada, de la materia oscura de su ideología”. Decía Agustín de Hipona que solo odian la Verdad quienes temen ser descubiertos por ella.

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