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Martín Caicoya

Medir la herencia y el medio

Falleció Richard Lewontin, que abolió las razas biológicamente

Buena parte del éxito de las vacunas contra la Covid-19 se deben a la tecnología, en concreto, a la creciente capacidad de manipular las moléculas. Hasta no hace mucho para conocer su composición apenas se contaba con otra técnica que la electroforesis. Se hace migrar el compuesto en un campo eléctrico así las moléculas se separan dependiendo de la carga y tamaño. Richard Lewontin supo que Jack Hubby estaba adaptando esta técnica a la separación de proteínas. Era lo que necesitaba para estudiar la variabilidad genética de las poblaciones. Como cada gen depende de una proteína, las diferencias entre ellas denotan variaciones en los genes. Encontraron mucha al examinar las proteínas de las moscas de la fruta. Esto llevó a Lewontin a estudiar la variabilidad de las proteínas en humanos agrupados por razas. Descubrió, y desde entonces es un axioma, que la variabilidad dentro de las poblaciones de blancos o de negros, o chinos, es mayor que entre ellas. Rompía con dos conceptos: el de la raza, que había establecido Linneo, y el que asumía que las poblaciones aisladas serían más uniformes genéticamente. A pesar de que sabemos que biológicamente no hay razas, socialmente seguimos pensando que las hay. Porque todos somos racistas. Es una impronta que recibimos en el contacto con otros humanos en los primeros meses. En África los bebés se asustan cuando ven a un europeo blanco, y al contrario. Pero no si se cría en un hogar mixto. El racismo no está en nuestros genes, lo que sí está es una predisposición a rechazar lo distinto, al extraño. Por eso es tan importante que los niños se eduquen en ambientes cosmopolitas. Las guarderías y colegios infantiles en los que todos los niños son parecidos están criando personas xenófobas, intolerantes a otras culturas, a otras formas de ser.

Pero Lewontin es más conocido por su enfrentamiento con su colega de Harvard Edward Wilson, un entomólogo de prestigio intachable. Su principal campo de trabajo era la sociabilidad de los insectos y basado en ello escribió un libro “Sociobiología, una nueva síntesis” que causó un gran revuelo. Lewontin, un genetista le contestó con un libro cuyo título fue un grito de guerra en la Universidad: No en nuestros genes. La polémica es antigua: es la herencia o es el medio lo que nos hace ser como somos.

Tengo delante de mí el texto de Plomin y Defries sobre genética del comportamiento. Lo reeditan periódicamente para incorporar nuevos hallazgos. Buena parte de ellos se basan en los estudios de gemelos idénticos separados al poco de nacer. Examinan rasgos de personalidad y mediante técnicas estadísticas tratan de saber cuánto depende de la herencia, cuánto del medio familiar, las dos variables que pueden medir. Encuentran que, en la media, hacia el 50% está determinado por la herencia, un 10% o 15% por el ambiente familiar y el resto no se sabe. Hay muchas críticas a la metodología de estos estudios. En el caso de que fueran creíbles, es hasta cierto punto lógico y una buena noticia. Supongo que en las hormigas el 70% u 80% del comportamiento está determinado por los genes y solo el 20% o 30% es lo que les queda para adaptarse a los diferentes medios. Que nosotros tengamos al menos el 50% no está mal. Y que nazcamos o nos desarrollemos con un bagaje heredado, que no somos tabla rasa manipulable por el medio, tampoco está mal. Es el punto medio, tan alabado por los moderados.

Los extremistas, como quizá Dawkins, consideran que son los genes los que utilizan nuestro cuerpo, a nosotros, para perpetuarse, que somos una anécdota, un efímero puñado de células que transportan temporalmente esa información eterna. La postura de Lewontin me parece más sensata. Hay que tener presente cómo se conforma un organismo multicelular desde ese óvulo fecundado. Ahí está el ADN que pronto comienza a crear proteínas, el material físico con el que se construirá el cuerpo y se regularán sus funciones. Los genes se activan por señales. Unas son internas, del propio ADN. Por ejemplo, nuestra mandíbula está construida con los mismos genes que los del chimpancé, pero está activa más tiempo, de ahí su tamaño, su mentón. Otras proceden de la información que cada célula recibe del medio. Una información que está variando constantemente. De manera que el propio desarrollo es el que más marca aquellos caracteres que son muy dúctiles, que se moldean en el medio. Quizá el ejemplo más claro es la construcción del sistema nervioso central. Las neuronas lanzan filamentos que buscan enlazarse con otras, en los primeros años un caos que llega al máximo en la adolescencia. De ahí esos comportamientos intemperantes, esa inquietud, esa creatividad a veces. Pronto se pasará a una fase de poda, determinada tanto por la intrincada configuración de esa red neuronal como por el medio social en el que vive. Es una bendición que el cerebro madure en la sociedad de su tiempo.

Richard Lewontin falleció hace unos días, solo tres después de que lo hiciera su mujer con la compartió vida y aficiones desde la adolescencia. Disfrutaban haciendo dúos de clarinete, él, y de piano, ella. Echaremos de menos su magisterio.

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