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Oscar Buznego

El nuevo Gobierno

Hace una semana tuvo lugar en España la crisis de Gobierno más enigmática que se recuerda. Se esperaban cambios inminentes, pero no los que finalmente se hicieron. El cese de los ministros suele estar relacionado con una mala gestión, un escándalo o conflictos abiertos en el seno de los partidos o entre sus socios de una coalición. Este no es el caso, excepto en los relevos de Asuntos Exteriores, vinculado directamente a la tensión generada con Marruecos, y de Transportes, donde el ministro se ha visto envuelto en dos asuntos “venezolanos” muy oscuros. En José Luis Ábalos concurre, en sentido contrario, la circunstancia de haber sido desde el principio uno de los apoyos más firmes de Pedro Sánchez en su vertiginosa carrera política, por lo que fue recompensado con la poderosa Secretaría de Organización del PSOE que ahora ha dejado entre la indiferencia de todos. No puede decirse que la pandemia haya agotado al ejecutivo parcialmente sustituido, pues su gestión ha sido más bien esquiva y poco expuesta, ni que la coalición estuviera en peligro, y, por otro lado, los ministros más polémicos siguen en el cargo.

La ausencia de una explicación convincente hace mayor la extrañeza de esta crisis. Pedro Sánchez compareció sin prensa, a la que no obstante agradeció su atención, para anunciar las novedades. El Presidente, amigo de poner etiqueta a todo, siguiendo una tendencia dominante en la comunicación política, no se olvidó de tildar a su nuevo equipo como el Gobierno de la recuperación, ya que tiene la misión de ocuparse de la prioridad absoluta del país, que consiste en impulsar la economía de acuerdo con la estrategia diseñada por la Unión Europea. Pero las carteras del área económica tienen los mismos jefes. En una entrevista televisada, por otra parte, reconoció con naturalidad que el nombre de los ministros de Unidas Podemos lo deciden estos partidos. Destacó la juventud, el feminismo y la proximidad como rasgos característicos del Gobierno que presentaba, pero una reducción de la edad media de los ministros de cinco años, un aumento del porcentaje de mujeres en nueve puntos o la incorporación de algunos novatos con experiencia en la política local no es razón suficiente para provocar una crisis de esta magnitud, y sin embargo de efectos limitados a los ministerios menos importantes del sector socialista del gabinete.

Se generaliza en sectores de la opinión pública la percepción de que la crisis no obedece a un problema de orientación, unidad y eficacia del Gobierno anterior, y por tanto no tendrá consecuencias visibles en la gestión, sino a las exigencias que la coyuntura política plantea al PSOE y al propósito del Presidente de forjar un liderazgo fuerte, sin sombras alrededor, neutralizando la discrepancia y la crítica. La expectación se desplaza ahora al interior del partido. Tras el batacazo de Madrid y con las encuestas advirtiendo la posibilidad de una derrota, el PSOE necesita prepararse para competir en las elecciones que se avecinan, después de haber estado un tiempo prácticamente desaparecido. El reto de Pedro Sánchez se reduce, ni más ni menos, a encajar las conveniencias de su posición de poder con los objetivos políticos y electorales del partido.

Porque la cuestión de fondo de la situación política es la misma, lo que podríamos denominar un desajuste estructural. Pedro Sánchez gobierna con los partidos más distantes del PSOE, mientras rechaza la colaboración con los más afines. Aún es pronto para evaluar el resultado de este experimento, pero la sociedad española muestra una actitud cada vez menos comprensiva hacia la relación de interés que los socialistas mantienen con los soberanistas y las fuerzas más radicales del panorama político. El Presidente efectúa movimientos pendulares para satisfacer mínimamente a Europa, a los independentistas catalanes, a los electores descontentos, cada vez más, y calmar las aguas, pero sectores amplios de la opinión pública entienden que quizá empieza a ser demasiado elevado el precio a pagar por ello. Es probable que las próximas elecciones cambien el mapa político, aunque no está claro de qué manera. De momento, la oposición pide elecciones en vano. La reclamación contante de dimisiones y elecciones anticipadas es profundamente perturbador para un sistema democrático. La oposición debe controlar al Gobierno, hacer una oferta a los españoles y esperar a que decidan. Todo ello, respetando las reglas.

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