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Anxel Vence

Cuba, juego de palabras

La disyuntiva entre “patria o muerte” y “patria y vida”

“¡Socialismo o muerte!”, dijo Fidel Castro en un discurso con motivo del 30.º aniversario de la revolución cubana. Sus adversarios no tardaron en apostillarle el eslogan con esta otra frase: “Socialismo o muerte: valga la redundancia”. Sesenta años después, Cuba sigue siendo un juego de palabras.

Los críticos del régimen castrista han vuelto a parafrasear ahora otra cita semejante y acaso más popular del líder ya fallecido. Donde Castro establecía la disyuntiva “Patria o muerte”, los que estos días protestan en las calles de La Habana han bautizado como Patria y Vida su movimiento opositor. Fidel, el de los Castro de Láncara, sigue siendo, por lo que se ve, la referencia inevitable para amigos y enemigos.

Todo podría tener su explicación en los peculiares rasgos de esa forma de socialismo tropical que representó en sus orígenes el castrismo. La de Cuba fue una revolución romántica protagonizada por barbudos y con iconos tan atractivos –desde el punto de vista de la imagen– como el Che o Camilo Cienfuegos. Una rebelión nacionalista de David contra su vecino Goliat de Norteamérica, que tutelaba a la anterior dictadura de Batista y había llenado la isla de casinos, mafia y prostitución. Hasta que llegó el comandante y mandó “a parar”, según la sobada estrofa de Carlos Puebla.

Por esas y otras razones –entre las que sería injusto desdeñar los avances de la revolución en materia sanitaria y educativa–, la insurrección barbuda suscitó amplias simpatías en su momento. Esa buena imagen, por decirlo en términos de marketing, se iría oscureciendo con los años y los decenios a medida que el castrismo se transformaba en una dictadura de partido y casi de familia única.

El raro magnetismo de la revolución trascendió ideologías. Baste recordar la extravagante conexión que se produjo hace cosa de tres décadas entre Fidel Castro y el entonces presidente de Galicia, Manuel Fraga. Era cosa de asombro para muchos ver cómo el líder comunista y el exministro de Franco compartían queimadas y partidas de dominó en su intercambio de visitas a La Habana y Santiago (el de Compostela).

Aquella imagen propia del realismo mágico tenía su anclaje en el sentimiento, como casi todo en la relación entre cubanos y españoles. Fraga apelaba a su condición de hijo de emigrantes gallegos a Cuba, por encima de accidentales diferencias ideológicas, y Fidel hizo otro tanto en su condición de hijo de lucense. Cierto es que el entonces líder conservador no dudó en pedir el levantamiento del embargo a Cuba; pero eso, más que una cuestión política, lo era de sentido común. La Historia enseña que ese tipo de cercos económicos dañan al pueblo y, paradójicamente, refuerzan a los autócratas contra los que, en teoría, van dirigidos.

Más allá de cuestiones sentimentales, no tiene el menor sentido la defensa de un régimen que administra dinásticamente un país como si fuese una hacienda desde hace ya sesenta años. Sorprende, eso sí, que tanto castristas como anticastristas coincidan esta vez en el uso de la palabra Patria, que evoca conceptos más bien viejunos y hasta patriarcales. Ya que las dos partes están de acuerdo en llenarse la boca de Patria, bien podrían arrancar de ese punto en común para buscar una salida pacífica a la anomalía que ha llegado a ser el régimen de Cuba tras seis fatigosos decenios. No va a ser fácil.

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