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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

Soledades hospitalarias

Ideamos protocolos para que cientos de personas puedan acudir a un concierto, pero somos incapaces, a lo que parece, de permitir el acompañamiento hospitalario de personas necesitadas, física y psicológicamente, de presencia familiar y cariño para no sentirse desamparadas en la soledad de una habitación llena de asepsia pero vacía de fraternal cariño. Una hora al día de visita a los enfermos se antoja insuficiente antídoto para personas postradas en el sufrimiento, en una época nefasta en que miles han muerto sin poder despedirse de sus seres queridos, sin sentir el abrazo postrero que evita un sentimiento de vacío absoluto y desamparo. ¡Qué gélidos resultan los intentos de las “teledespedidas”!

El padre de un conocido ha sufrido esta semana una intervención quirúrgica. Con graves problemas de visión, sin poder manejar el móvil, ni leer ni encontrar distracción pasa su convalecencia en el hospital mirando al techo, viendo las horas pasar, esperando los sesenta minutos de cada día en que puede ser visitado. Su situación es desesperante. Saldrá con una cadera nueva, pero puede que también con un chaperón psicosomático a cuenta de la soledad hospitalaria.

No se entiendan estas líneas como un ataque al sistema sanitario y a sus profesionales, la mayoría de los cuales merece el reconocimiento a su desempeño ejemplar durante los peores momentos de la pandemia, pero convendría que en los estertores del ataque vírico se desempolvaran los manuales de buenas prácticas de humanización y de ética asistencial para adaptarlos a este tiempo gris e impreciso, de manera que la sanidad, tanto la pública como la privada, pudieran ofrecer mecanismos más eficaces para dar respuesta a las necesidades afectivas de los pacientes y de sus familias.

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