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José María Ruilópez

La Cuba que no cesa

Las reclamaciones de una liberalización política en la isla caribeña

El pasado 11 de julio marcó la línea de salida de los movimientos sociales en Cuba como si fuera una competición de los Juegos Olímpicos y todo el mundo se precipitara en busca de una meta que no sabe muy bien dónde está. Es una carrera loca que se motiva en la urgencia de las necesidades y se prolonga por la continuidad de los abusos del gobierno.

El asalto a la calle por los ciudadanos cuando ya rebosaban de empacho por las calamidades se ha convertido en un revulsivo que ha puesto en alerta al gobierno cubano y a los países geográficamente más próximos como los EE UU, donde Joe Biden ha pasado de ser un espectador en alerta a un activista que solicita sanciones contra la represión en la Isla. Porque aquel día las ciudades más importantes del país se militarizaron con fuerzas especiales patrullando día y noche, los llamados boinas negras, la Brigada Especial Nacional (BEN), cuyos abusos quedaron patentes en infinidad de testimonios, a pesar de la negativa del ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, intentando romper la certeza al decir en la televisión: “Emplazo a cualquier autoridad del Gobierno de EE UU, que supuestamente se preocupa por los llamados manifestantes, o a cualquier entidad de cualquier país, a que presente un caso de un desaparecido, y me comprometo, en pocas horas, a desmentirlo con evidencias suficientes”. La clásica palabrería imposible de comprobar porque la cerrazón de las autoridades para informar sobre el paradero de muchos represaliados es extrema, a pesar de las protestas de los familiares que reclaman por todos los medios a su alcance, que son pocos, que expliquen su situación carcelaria, y el lugar en que se encuentran.

Porque aquel día se volcaron coches, se asaltaron tiendas, hicieron barricadas, algo que no se veía en La Habana desde 1994. Ni siquiera en fechas concretas, como es el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, cuando la disidencia aprovecha la celebración para moverse tímidamente en lugares ya consabidos de la capital para que la noticia y la protesta tenga más difusión en los medios internacionales, hubo tanto movimiento vecinal. Ese día 10 a primera hora de la mañana los agentes de paisano ya hacen guardia en los lugares como la calle 23 y L del Vedado, o la plaza de la Revolución con tan falso disimulo, que llevan guantes de cuero cuando hay 32 grados de temperatura, para agarrar mejor a los manifestantes. Porque el régimen es especialista en reclutar ciudadanos a cambio de unos mendrugos o unos privilegios para detener manifestantes, montando batallas campales de civiles contra civiles, o de mujeres militares contra ciudadanas.

Es conocida la abrumadora escasez de alimentos que hay en la isla, y lo poco que se encuentra a precios abusivos: un kilogramo de carne (si se encuentra) vale 10 dólares, una cebolla cuesta un dólar, según la conocida bloguera de “Generación Y” Yoany Sánchez. Y tras la revuelta, los juicios no se hacen esperar, y aquellos que son acusados de vandalismo son procesados con una rapidez inusitada y con las mínimas garantías, nada que ver con lo que exige la declaración de Derechos Humanos.

Una de las presiones más fuertes sobre la situación cubana llega desde Miami, donde hay miles de ciudadanos emigrados que ya son la tercera generación, y que casi todos viven en la calle ocho, lo que llaman “la Pequeña Habana”, o en el parque Máximo Gómez, llamado “parque Dominó”, porque mucha gente se instala en plena calle a practicar este juego, tan popular en Cuba, que hasta en el cementerio Colón de la capital habanera hay una tumba de mármol con el nombre de la “chica del dominó”, que corresponde a Juana Martín, que murió de una trombosis mientras jugaba y sobre su tumba hay una gran ficha del tres doble de ese juego. Esta población suele ser mayoritariamente votante republicana, y eso puede dar la vuelta al resultado de los delegados en el estado de La Florida. Por eso todos los presidentes de los EE UU se miran mucho a la hora de opinar o actuar sobre la situación política de Cuba, porque saben que del recuento de votos en ese estado puede depender su nominación. Y si al principio de su mandato Joe Biden se mostró medianamente tolerante con el régimen cubano, después de los últimos acontecimientos se ha decantado por asumir las sanciones que Trump había implantado nada más llegar al poder.

Ya no sólo los cubanos de dentro de la isla y de fuera esperan un cambio de sistema político, sino que medio mundo, el llamado democrático, lo aguarda también. Pero los sistemas sociales no los cambian los pueblos salvo por medio de las armas u otro tipo de violencia. El mismo Fulgencio Batista había llegado al poder participando en lo que llamaron “la sargentada” en 1933, un golpe de estado de donde Batista salió con el grado de coronel y jefe de las Fuerzas Armadas. Redactó una Constitución que tildaron de progresista para la época, y se mantuvo en el cargo hasta 1944. Volvió de los EE UU en 1952 para dar otro golpe de estado hasta que en el 59 fue derrotado por Fidel con la implantación de la Revolución que todavía sigue. Todo esto lo cuenta su hijo, Roberto Batista, en su libro “Hijo de Batista”, donde pretende “lavar” la imagen de su padre, del que decían tenía los grifos de oro entre otras excentricidades.

Ese cambio de régimen que tanto anhelan desde el exterior y los propios residentes tiene que venir de la cúpula del poder. Pero el actual presidente de la República, presidente del los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido Comunista de Cuba, Díaz-Canel, no se muestra dispuesto a los cambios. Como dice él: “el bando de los confundidos y el de los verdaderos revolucionarios”. Una forma de enfrentar al pueblo contra el pueblo. Díaz-Canel lleva en su ADN una especie de herencia dictatorial de los Castro. Aunque quisiera el cambio, no sabría por dónde empezar. Hacer una transición hacia una democracia en un país en bancarrota es más difícil que si la economía fuera boyante. Para colmo, las sanciones de los americanos sobre personas e instituciones agudizan el problema. El propio ministro de Defensa cubano, Álvaro López Miera, fue penalizado por el Departamento del Tesoro, a través de la Oficina para el Control de Bienes Extranjeros, que “implica el congelamiento de propiedades y cuentas bancarias en EEUU y restringe el acceso del sancionado al sistema financiero mundial, el cual está íntimamente ligado a Estados Unidos”.

Cuba no deja de estar en la mente de la mayoría de los hispanohablantes por diversos motivos. Es el “rayo que no cesa”, que diría Miguel Hernández sobre la pena. La Cuba que no cesa de dar pena, de ser triste, de sabor amargo, de grotesco futuro sin salida, de ajada desnudez sin paliativos, de sórdida realidad que languidece. Cuba, para ti el decoro y la sonrisa, el porvenir de futuro halagüeño. Y en esto desperté ante el silencio.

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