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El Club de los Viernes

Blanco (y en botella)

El fomento de la crispación política

Abunda un tipo de político que se cree llamado –vete tú a saber por cuál desconocida divinidad– a solucionar problemas que normalmente no coinciden en absoluto con los que cada ciudadano de manera individual percibe. Aún así esos políticos se empeñan en “solucionarlos”. Viven de ello. De ese modo, si de PSOE-Podemos y de sus encuestas depende, parece que en España aumenta el racismo, la homofobia, o el machismo; y en consecuencia legislan sobre esos asuntos.

¿Pero cuántos de –como diría el señor Greciet– los improbables lectores de este artículo tienen algo contra otra persona por su color de piel, origen, condición sexual o por ser mujer? Ninguno. Estoy convencido. La sociedad mayoritariamente es mucho más normal que lo que esos políticos pretenden hacernos creer. Por eso la sociedad, contra los que cometen crímenes, pide la prisión permanente revisable y en cambio esos políticos sueltan a los delincuentes.

Pero sí que existe un problema preocupante: la intolerancia creciente de parte de la población más infantilizada y analfabeta (porque con educación y cultura sería imposible) hacia aquello que desde el poder se señala como contrario a lo que ellos definan como convivencia. Y para ello no dudan en calificar como fascista a todos y a todo lo que no entre por el aro de su estrechez de miras.

Si pides la prisión permanente revisable, para esos políticos eres un fascista y te señalarán.

¿Pero esto lo hacen solamente por un interés político para mantenerse y aplicar un programa que engrandezca nuestra nación (modo ironía ON)? ¿O será que los gerifaltes de los partidos –que en ocasiones parecen mafias– utilizan esa ruptura de la convivencia para distraer a la población, enfrentarla y evitar así que hablemos de, por ejemplo, los millones de euros que se desvían en oscuras subvenciones y corrupciones?

Puestos a entretenernos, ZP sacó la llamada ley de memoria, la mantuvo Rajoy con el PP y la amplía ahora el gobierno de PSOE-Podemos, en un ataque intolerable a la libertad de expresión y a la convivencia democrática. Y al sentido común.

¿Dónde va a estar el límite del absurdo en estas leyes?, ¿dónde está el respeto a todas las víctimas de la guerra civil que figura en el preámbulo de la primera de ellas?, ¿no se va a poder defender la República si con ello se señala la intentona golpista del 34 como inicio de la ruptura?, ¿van a prohibir hablar de Torcuato Fernández-Miranda o de Adolfo Suárez?, ¿van a sancionar a quién en un libro relate crímenes de un bando pero no a los del otro?, ¿se imaginan esos políticos mínimamente lo que es una guerra?

Como sociedad no podemos normalizar la presencia en política de aquellos que buscan azuzar el odio de grupos marginales contra el rival político según les convenga. Tenemos que rechazar con el voto en las urnas las agresiones, los escraches, los acosos o los boicots a los actos de otros partidos, a sus representantes y simpatizantes. Los partidos que defienden el “jarabe democrático” o “normalizar los insultos a los periodistas”, tienen que dejar de contar con el voto de la gente.

Se trata de elegir entre civilización o barbarie. Y me niego a creer que, con el problema sanitario y económico que padecemos y con la perspectiva de futuro que se plantea, los españoles vayamos a caer en la trampa de esos políticos.

Es tiempo de políticos que sepan estar a la altura de las circunstancias sin preocuparles su “carrera política” o su puesto en las próximas elecciones. ¿En Asturias? Hay quién propuso que los diputados no tuvieran sueldo, rebajar los diputados de 45 a 35, reducir un 20% las aportaciones a los grupos políticos, donar las subvenciones de los partidos a la sanidad y además, como tiene dedicación parcial, nos cuesta la mitad. No digo más.

Blanco (y en botella).

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