Con los años uno se cansa de cantar las virtudes de las cosas aceptadas comúnmente como virtuosas. Me pasa con las Olimpiadas, ejemplo de sana competición, juego limpio, afán de superación, culto al esfuerzo y trabajo en equipo. Tenía ganas de decir de una vez que en su conjunto las Olimpiadas siempre me han dado mala espina. Me gustó lo de Barcelona, en especial la ceremonia de apertura, con aquella flecha que encendió la llama, y seguí con la pasión propia del paisanaje alguna gesta de amigos o compatriotas. Me gustaba el triunfo de atletas modestos y los de países pobres, pero eso me pasa con más cosas. En cambio el triunfo de los triunfadores profesionales o de países triunfadores no es que me deje frío, es que apago la tele. Los infelices no saben que se sacrifican tanto para que “competición” o “victoria” suenen como valores positivos y aprendamos lo malísimo que es ser perdedor.