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Ramón Punset

El espíritu de las leyes

Ramón Punset

Reescribir no es vencer

La historia como poderosa arma política que sigue utilizándose en las contiendas de nuestros días

La convicción de que reescribir la historia es un arma fundamental de toda victoria política es, por supuesto, tan antigua como la política misma. Ahora bien, en la edad contemporánea ha constituido un rasgo característico de los Estados totalitarios, siendo la Unión Soviética el ejemplo más paradigmático. Sobre todo a partir de Stalin, que eliminó de la historia de la Revolución de Octubre la figura y el nombre de Trotsky (el creador del Ejército Rojo, nada menos), incluso retocando los testimonios fotográficos. Aparte de los historiadores, que retrocedieron a su antigua condición de cronistas regios, la reescritura se hacía también cotidianamente por los medios de comunicación, fieles esbirros de la proscripción de la memoria. De ahí que, tras el estalinismo, fuera importante no sólo la excarcelación de los confinados en el Archipiélago Gulag, sino su rehabilitación pública oficial, pedida por ellos mismos o, ya fallecidos, por sus descendientes, en interés de su honor de bolcheviques. Por zafio e inútil que hoy nos parezca, reescribir era, pues, un instrumento de descalificación de los enemigos políticos, reales o supuestos por la paranoia purgante del líder supremo y sus aterrorizados cortesanos. Ciertamente, esto únicamente tiene sentido en un país comunicativamente aislado, sin fuentes de información distintas de las controladas por el Gobierno. De ahí que la reescritura constante figurase en la panoplia de armas políticas descritas por Orwell en su distopía novelesca “1984”.

Ni que decir tiene que la dictadura franquista también abordó la tarea de reescribir de continuo la historia de la II República y de la Guerra Civil. Un periodista como Joaquín Arrarás, primer biógrafo de Franco y con amplia experiencia en el ámbito de la propaganda política, escribió en cuatro volúmenes una relectura del período, de acuerdo con el canon ortodoxo del régimen. A mi disposición en la Biblioteca universitaria durante la licenciatura, disfruté muchas horas de lector curioso sobre un tema fascinante entonces y siempre. Tal y como yo recuerdo la experiencia más de medio siglo después, la obra careció de relieve en la formación de mis ideas políticas. La hostilidad manifiesta del autor hacia la experiencia republicana permitía separar los desnudos hechos históricos, aun mutilados y distorsionados, de su narración en clave propagandística, ya luciferina, ya hagiográfica.

Uno puede imaginar hoy día la reescritura constante de la historia en China, Vietnam, Corea del Norte o Cuba. Ahora bien, en una democracia como España también resulta un buen negocio para cierto tipo de “historiadores” neofranquistas, o para quienes el profesor Alberto Reig (“El desafío secesionista catalán”, Tecnos, 2021) denomina “historietógrafos” nacionalistas, fundamentalmente los vinculados al Institut Nova Historia, generosamente financiados por la Generalitat. De ese círculo salen delirantes ensayos acerca del origen catalán de Cristóbal Colón, Gonzalo Fernández de Córdoba, Erasmo, San Ignacio de Loyola, Cortés, Pizarro, Elcano, Santa Teresa de Jesús, Cervantes e incluso ¡Beethoven! En realidad, también ha llegado a sostenerse que Jesús no era de Nazaret, sino de Bilbao: ¿una bilbainada o una forma de caricaturizar el célebre grandonismo bilbaíno?

La historia, no cabe duda, constituye una poderosa arma política, que se sigue utilizando en las contiendas de nuestros días. La II República continúa siendo santificada por la izquierda y demonizada por la derecha. Fue, sin embargo, un Estado democrático de Derecho, aunque su Constitución izquierdista careciese de vocación integradora, como, en cambio, sucede con la de 1978. En cuanto a la Guerra Civil, resultó el fruto del fracaso del golpe militar de 1936 en la mitad del país. Ambos bandos desataron entonces una represión genocida, que en la España de Franco prosiguió hasta bien colmados los años cuarenta. Y eso es todo, y así hay que asumirlo. Los familiares de las víctimas tienen el derecho incontestable de recuperar y honrar sus restos, los rótulos de las calles deben propiciar la concordia y el Valle de los Caídos ha de resignificarse como un lugar de la memoria que ilustre a los españoles de hoy y de mañana sobre el sagrado deber de la paz y de la reconciliación.

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