Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Martín Caicoya

Sociales por destino y elección

Los que más nos enriquecen son los demás

Nunca hubiéramos existido si antes las plantas no hubieran sabido aprovechar la energía del Sol. Ni si ellas no hubieran creado una atmósfera con oxígeno. Es una paradoja. Lo necesitamos para vivir y es una de las causas principales del daño tisular, de nuestras enfermedades y muerte. Debemos a las plantas y a las bacterias nuestra existencia. A esas bacterias capaces de aprovechar el oxígeno como comburente: aprendieron a quemar los compuestos químicos que acumulan en los enlaces de carbono mucha energía. La liberan con la combustión. De nada serviría si no existiera una forma capturarla. Lo hacemos en una especie de pilas, el ATP fundamentalmente. La teoría es que se formó una sociedad entre células primitivas, anaerobias y estas nuevas, raras, con mutaciones que les hubieran resultado mortales. Las primeras siguieron su desarrollo mientras las segundas se superespecializaron en la combustión. Son las mitocondrias. Nuestras células son un organismo compuesto, una quimera. Contiene dos genomas. Somos un organismo compuesto, contenemos millones de genomas: el que podríamos llamar propio y el de todas las bacterias que nos habitan y nos ayudan a vivir. Es muy difícil saber si somos individuos o colonias.

El ejemplo del hormiguero o la colmena es bien conocido. Aunque sea un organismo fluido, sin límites de piel, cada unidad solo vive para la supervivencia de la colonia. Antes ya había ocurrido en las plantas. Hay especies de helechos que viven en colonias. Cada uno de los individuos es genéticamente idéntico a al otro, como abejas y hormigas obreras, pero diferentes helechos de esa colonia se ocupan de diferentes funciones y para ello son, en apariencia, diferentes. Solo unos pocos tienen órganos reproductores, como si fuera la reina del hormiguero o colmena. Los otros trabajan para que lo hagan con éxito, unas recogen agua, otros elaboran nutrientes o sustancias protectoras.

Vemos a las plantas como seres inmóviles, mudos, sordos, ciegos, anósmicos. Sin embargo, es posible hayan desarrollado ciertos sentidos no basados en el sistema nervioso para recibir información y trasladarla al medio. Lo que las convierte en seres sociales. Se ha comprobado que, al menos ciertos árboles, a través de las raíces se comunican entre sí, incluso entre diferentes especies. Para comprobarlo se marcó el carbono de un compuesto que se administró a un árbol y se observó que aparecía en otros del entorno según sus necesidades. Utilizan como recaderos a los hongos, la micorriza, esa red de filamentos que se extiende bajo tierra. Ellos como portadores se aprovechan, incluso pueden ser los principales beneficiados. Cuando un árbol está próximo a la muerte descarga la energía acumulada para que otros la aprovechen. Un altruismo en el que solo obtendrá la recompensa de que su especie alguna vez reciba el mismo regalo.

Pensamos en el homo sapiens como la quintaesencia del ser social. Porque lo percibimos como algo voluntario. Creo que no es más que la expresión humana de una característica de la vida. En cada manifestación la vida se expresa de una manera. Lo interesante, y a la vez peligroso, es que nosotros podemos inventar formas de socialización. Si bien estamos determinados a serlo, el cómo no está del todo escrito.

La pandemia produjo un resurgimiento de la investigación en este campo. Se desempolvaron estudios, teorías. Emile Durkhein ya habla en los comienzos del XX de la “efervescencia colectiva” ese estado emocional que se experimenta cuando uno se siente parte, partícipe, del grupo. La magia que sentía el gran baloncestista Russell: “Cuando el partido se calentaba”, cuenta, “era más que un juego... era magia... yo no me sentía competitivo... era casi como jugar en cámara lenta... casi podía prever la siguiente jugada... la clave era que ambos equipos tenían que estar jugando con todo su fervor, ser competitivos”. La alegría de vivir, de estar en el momento, intensamente cuando se produce una sincronía emocional. Se produce en las danzas rituales.

Lo dice el poeta cuando exige la “presencia y la figura” para curar sus males. No le bastan mensajeros. Esto ocurrió durante el encierro. La ausencia de contacto físico produjo un incremento o agudización de trastornos emocionales y una disminución de la creatividad. No bastan las reuniones digitales, bienvenidas sean, se necesita estar con el otro, sentir su presencia y su figura. Así se despiertan emociones rápidas, intuitivas y a veces certeras y pueden encender un pensamiento, conducir hacia una idea que se empieza a gestar durante la conversación informal.

No hay paisaje ni obra de arte que pueda aportar tanto como el sentir con el otro, con los otros. Son los demás los que más nos enriquecen. Que tengamos esa tendencia y esa capacidad no es casualidad. Como tantas otras especies, como estrategia de supervivencia hemos desarrollado una avidez por la socialización. A diferencia de la mayoría de otras especies, podemos inventar cómo hacerla. De eso trata fundamentalmente la política. Una tarea superior, que tendría que ser la más respetable y admirable y que nos atrajera a todos y todos, con diferentes intensidades, la ejerciéramos.

Compartir el artículo

stats