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Tomás Fernández Antuña

La Cuba incomprendida

En defensa de la revolución castrista

Mi opinión no es la de un cubano cuya realidad se enfrenta a la insuficiencia de recursos convencionales para hacer creíble su propia vida. No. Mi opinión es la de alguien que trabaja y vive en una realidad que conoce y sufre, pero que no padece. Una realidad que me aboca a enfrentarme a sus contradicciones (y a las mías), a sus anhelos, a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus luchas. Conozco y trato al cubano emprendedor y al cubano parásito; al que “tira p’alante” y al que se aprovecha del tirón ajeno; al cubano gusano y al cubano consciente y convencido de que “aquí no se rinde nadie”. Vivo y frecuento al cubano intelectual, al formado, al ignorante (no conozco a casi nadie que lo sea), al cubano agradecido, al buscavidas, al profesional, al honrado, al que no sabe gestionar la confianza que se le deposita y al que te entrega toda la suya. Hablo con el jubilado, el enfermo, el pudiente, el de la doble moral, el “rosca izquierda”, el digno, el empresario y el burgués. Conozco y trato al joven que quiere comerse el mundo y al que solo aspira a que el mundo se lo coma. Conozco, en definitiva, al revolucionario, al luchador, al superviviente, al que resuelve y al que se inventa cada día; pues todos ellos, con independencia de su status, son todo eso y muchas más cosas.

Ante la cansina y recurrente pregunta de lo que opino sobre Cuba, siempre doy la misma respuesta: Cuba no cabe en una sola opinión. Pero si algo me han dejado claro los años que llevo viviendo la realidad de este país, es que la complejidad de Cuba se juzga por los mismos “talentos racionales” de Occidente desde la más enquistada subjetividad y desde unos selectivos criterios ideológicos que ponen su acento hipócrita en lo que Cuba no es, despreciando lo verdaderamente importante: lo que Cuba quiere y tiene derecho a ser. Y lo hacen cometiendo el sempiterno error de medir la realidad cubana con la misma vara con que miden la suya y sin darse cuenta que toda interpretación de la realidad bajo esquemas ajenos, sólo contribuye a distanciarnos de ella. No hablo de quienes critican al Gobierno cubano, pues siempre he defendido el derecho a criticar todo lo que quiera criticarse. Hablo de quienes, con acciones concretas y dirigidas, manipulan y actúan con el único propósito de destruir, sin ni siquiera sentirse obligados (aunque solo sea por pura dignidad intelectual) a plantear un escenario alternativo y distinto al que pretenden derribar. Lo que menos falta le hace al pueblo cubano es la podrida cosecha de estos agricultores del miedo que solo siembran incertidumbre, dibujando un país sumido en el caos, la opresión, la tortura, el desorden, la inseguridad y el temor, lo que es absolutamente falso.

Creo en la libertad, no solo del individuo sino también de la sociedad en la que vive y del Estado al que pertenece. Creo en la libertad con mayúsculas, en la libertad sin dobles raseros morales, en la libertad que se reivindica de las mismas formas y en todos los lugares. Por el contrario, me repugna la libertad manipulada, detesto la libertad impuesta y la que se utiliza como un condicionante para exigirle a Cuba cómo y qué debe ser. Me asquea la libertad cuya reivindicación enmudece en función de territorios, ideologías o intereses económicos.

Me abochorna comprobar cómo algunos políticos, opinadores y medios de comunicación de mi país rebuscan en la basura de la compleja realidad cubana con el único objetivo de airear los desechos sueltos, ignorando aquellos logros alcanzados por una Cuba asediada y fustigada por la mayor potencia mundial y, pese a ello, ha sido el único país de toda América Latina en lograr no una, si no dos vacunas efectivas contra el covid para inmunizar a su pueblo; algo que ni España, ni la mayoría de los países desarrollados, han sido capaces de lograr.

La mejor contribución que podemos hacerle al pueblo cubano, incluso guiados por nuestra costumbre de considerar que todos deben ajustarse a nuestra forma occidental de entender la realidad, es ayudarle a que sea libre. Sí, libre. Libre para relacionarse económicamente con el mundo, libre para acudir a los sistemas financieros internacionales donde el resto de países acuden para solucionar los problemas de sus gentes, libre para que reciba la ayuda de aquellos que quieran dársela, libre para reivindicar sus valores y su propia historia, libre para decidir lo que quieran ser en el presente y en el futuro sin embargos, sin ataduras, sin condicionantes y sin una idea de libertad impuesta por quienes niegan la libertad de los otros. Una libertad plena y no supeditada a ser lo que otros quieren que Cuba sea, porque si se pierde el derecho a ser diferentes se pierde el derecho a ser libres. Y la libertad, para ser plena, precisa de la seguridad y de la independencia económica, lo que a este país se le niega de forma sistemática como si fuera imposible un destino que no pase por vivir a merced de quien se cree el dueño del mundo.

Deseo que esos “alaridos” de mi admirado Padura no queden reducidos, por quienes tienen la obligación de interpretarlos, a simples quejas aisladas de gentes marginales. Sin duda el gobierno cubano tiene su parcela de responsabilidad en la gestión de lo que acontece, pues para eso gobierna, pero no dejen de considerar que el verdadero daño que sufre este pueblo proviene de aquellos que, disfrazados de liberales y demócratas, no anhelan para Cuba ni libertad ni democracia, sino la instauración de un sistema político que satisfaga sus propios intereses y ambiciones.

Los espacios de diálogo que existen no necesitan del ensordecedor ruido de quienes, desde el exterior, intentan impedir que Cuba sea libre para tomar las decisiones que como país le permitan marcar las sendas de su propio destino, al igual que hemos hecho nosotros, sin injerencias, sin dictados y desde una total y absoluta autonomía. Y que luego sea la historia o, lo que es lo mismo, el paso del tiempo, quien la absuelva o la condene.

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