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Fernando Miranda

Liderazgos cotidianos

La convivencia cada vez está más cara

Conozco a una persona brillante que siempre va al rebufo en las conversaciones. Una persona a la que le gusta mucho más escuchar que hablar y que es dueña de una inteligencia selectiva carente de prejuicios y sin necesidad de “estar” antes que de “ser”. Hasta el punto que pareciera que está ausente o que no tiene ningún interés en hacerse notar, pero que cuando hay algún tema interesante, expone unas observaciones absolutamente lúcidas y profundas.

Está claro que ser discreto no es ningún signo de debilidad pero cerrar la boca y saber cuándo, está solo al alcance de los más ecuánimes. Decía el desaparecido Stephan Hawking que los mayores fracasos del ser humano llegaban por no hablar. Hay que aceptarlo, pero también hubo y hay estrepitosos hundimientos por padecer de incontinencia verbal. Y eso tiene poco que ver con las fuentes de estrés en las que bebamos.

Aunque nos sabemos interdependientes, nos cuesta horrores sustituir el “yo” por el “nosotros”, lo que nos limita y mantiene en un pacto grosero con el ego espoleados por el entorno competitivo. En demasiadas ocasiones desbaratamos los intereses comunes por interpretarlos de manera desigual. A lo mejor es que “saber” y “hacer” son dos cosas distintas y cada una representa un tipo diferente de mecanismo de desahogo. Vivir es decidir, y ahora mismo con la pandemia hay un exceso de irritabilidad para lograrlo hacer congruentemente.

Estamos disculpados, pero son tiempos en los que la cooperación está en una escala más baja que la dominación. Una época en la que lo preferente es innovar o demostrar quién ve más allá de la curva. Anticiparse cotiza más alto que solucionar lo que tenemos entre manos. Solo hace falta ir a cualquier reunión de comunidad de vecinos para percibir lo distantes que estamos en ocasiones los seres humanos. A pesar de entrar y salir por el mismo portal. ¿Se imaginan que fuéramos de continentes diferentes? Pues bien, a lo peor lo que nos separa es precisamente lo que creíamos que nos une.

Hay circunstancias adonde uno acude empecinadamente sin las gafas de ver y quizás lo hagamos solo por sentirnos diferentes. Todos tenemos un punto oscuro, un ángulo muerto, y uno de los lugares más socorridos para ocultarlo es cuando estamos ante los demás. En esos casos, tal vez por inseguridad, cambiamos las lentes graduadas por las de sol para que no nos deslumbre el brillo argumental del que tenemos enfrente. Procuramos que en medio del desconcierto nadie sepa a dónde dirigimos la mirada, sobre todo si lo que tenemos es cara de estupefacción. Afortunadamente, somos mucho más que las reacciones que tenemos con nuestros congéneres, pero hay que reconocer que en ocasiones se nos cae de los bolsillos la pose intolerante, haciendo inalcanzable cualquier tipo de apuesta común.

Pues sí, la convivencia cada vez está más cara. Como si jugar las mismas cartas, aunque no sean buenas, fuera misión imposible. Es más práctico pertenecer a la cofradía de todas las susceptibilidades posibles. Permanecer anclado, bloqueante e ineficaz –pero a la vez muy placentero– por mor a la gratificante adicción de no hacer concesiones. Negarse en redondo a todo facilita nuestro bienestar emocional. Además, según en qué casos y ante quién, incluso puede llegar a fortalecer y reafirmar nuestra imagen pública. Sé de gente que sale de casa cada mañana con el monólogo puesto y el estandarte de falso ganador. Peor para ellos: esto son cuatro días y ya han pasado tres, como decía el malogrado Pau Donés.

Los falsos líderes de cada día no vigorizan: acaban siendo un lastre para la sociedad. La cuestión es detectarlos a tiempo antes de que sea demasiado tarde y nos estrellen. Porque entonces, quedaríamos hablando solos y ajustándonos la gafas... aunque sea para no querer ver.

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