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Idóneo más que excelente

Por qué pudo encajar Charlie Watts en el circo Jagger-Richards

Hace muchos, muchos años, leí una entrevista con Bill Wyman, el bajista original de los Rolling Stones, que dejó el grupo en 1992. En ella el periodista le preguntaba cuál era el secreto del sonido de la banda, el misterio de su contagiosa pulsión rítmica, y el taciturno músico, tanto o más taciturno que Charlie Watts, que nos acaba de dejar, revelaba que tal secreto residía en que, a diferencia del 99,9% de los combos de rock, en los Stones la pauta la marcaba el guitarrista rítmico, es decir, Keith Richards, no el batería, es decir, Watts. Para comprobarlo, nada mejor que escuchar la versión de “Honky tonk women” incluida en el disco en directo “Get yer ya-ya’s out!”, que Richards arranca con el reconocible “riff” de la canción, antes de que la batería de Watts se sume y, con ella, el resto de los músicos. Watts era el metrónomo, pero el pulso, el latido, era de Richards. Ese era el secreto.

Fallecido el martes a los 80 años, Watts tenía el don del tempo ajustado y a la vez flexible, con los matices rítmicos justos, que demandaban los Stones. Mick Jagger, Richards y Brian Jones lo sabían y por eso reclamaron insistentemente su presencia desde su debut, el 12 de julio de 1962, hasta que en enero de 1963 le convencieron para que abandonara a Alexis Korner y se incorporara al grupo. Sin Watts los Stones no hubieran sido jamás los Stones; su forma sencilla, seca y sin alardes de tocar la batería es tan consustancial al sonido de la banda como el trenzado de acordes y notas solistas de su dupla guitarrística y y las mascullantes vocalizaciones de Jagger. Pero de ahí a decir que Watts fue uno de los grandes baterías del rock media, en mi opinión, un gran trecho. ¿Se puede no ser el mejor batería del rock y ser, sin embargo, el batería perfecto para una de las mejores bandas del rock? Se puede, Watts es la prueba, y esa excelencia (la del conjunto) no hubiera podido ser jamás alcanzada sin su aporte. Pero él, como músico, fue idóneo más que excelente; de haber sido lo segundo más que lo primero, nunca hubiera tenido cabida en el circo Jagger-Richards. Él lo sabía. Y ahí, quizá, radicó siempre su excelencia.

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